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Authors: Michael Williams

el caballero galen

 

"Me acuerdo de la ceremonia. De haberme arrodillado ante Bayard, sir Robert y mi padre, que apoyaron sus grandes manos en el pomo de mi espada, y de las solemnes palabras que debo mantener en secreto... Luego, el Voto de la Espada, la Corona y la Rosa: el voto que me obligaba a defender, a comprometerme y, sobre todo, a entender. Luego, las manos de Bayard se posaron en mis hombros para hacerme volver hacia las personas reunidos en el salón... No había quien no me mirase". El haber sido armado caballero apenas había cambiado a "Comadreja".

Galen Pathwarden Brightblade sigue mostrándose reacio a correr aventuras, siempre dispuesto a salvar la propia piel a cualquier precio. Pero cuando su hermano Brithelm desaparece misteriosamente, Galen deja de lado sus reservas y emprende una búsqueda que lo conduce a las profundidades de la tierra, donde se ve envuelto en una infernal conspiración.

Michael Williams

El caballero Galen

Héroes de la Dragonlance - 6

ePUB v1.1

OZN
30.05.12

Título original:
The Galen Beknighted

Michael Williams, enero de 1990.

Traducción: Herminia Dauer

Ilustraciones: Duane O. Myer

Diseño/retoque portada: OZN

Editor original: OZN (v1.0)

ePub base v2.0

PRÓLOGO

`

—Eran seis —comenzó el namer, inclinándose para rascar al perro que dormía a sus pies.

Sentado a su alrededor junto a un centenar de fuegos de campamento, el Pueblo lo miró expectante. Su voz flotó por encima de todos y llegó nítida hasta los más apartados rincones, sumergiendo a los oyentes en su historia.

* * *

Eran seis, que avanzaban en silencio entre las sombras de los vallenwoods, doblados por el vendaval.

Hasta los más atentos y expertos exploradores se habrían sorprendido de encontrar una banda de Hombres de las Llanuras tan al norte. Eran nómadas, capaces de enorme resistencia y viajes todavía más agotadores, pero su hogar se hallaba en Abanasinia, en los montes situados al sur de Solamnia y de las montañas Vingaard.

Ahora que anochecía, llevaban los hombros caídos y sus pasos eran arrastrados y lentos. A gran altura encima de ellos, entre las montañas Vingaard que se alzaban al oeste, unos negros nubarrones se acumulaban cual siniestros cuervos, y los relámpagos zigzagueaban entre los picachos. Cansados, los Hombres de las Llanuras se ciñeron más al cuerpo las mantas y las pieles, como si en sus huesos y sus recuerdos sintiesen ya la lluvia que se aproximaba.

Uno de ellos, un hombre de estatura casi anormal y trenzados cabellos negros que las sombras moteaban, señaló sin hablar un calvero que asomaba entre los árboles. Al unísono, con un suspiro apenas audible en medio del susurro del viento a través de la fronda, los demás Hombres de las Llanuras se dejaron caer sentados o de rodillas..., casi todos en el mismo sitio donde se hallaban.

Mientras sus compañeros aguardaban, inmóviles y en silencio, el tipo corpulento se agachó en el centro del calvero, ocupadas sus manos en alguna tarea secreta. De repente, una luz estalló entre sus largos y delgados dedos. Inmediatamente, el hombre apoyó las manos en el suelo, delante de él, y, acuclillado, contempló el fuego, que no humeaba y sólo era alimentado por el aire.

Las rojas llamas se elevaron, y la luz se extendió hasta iluminar las caras de todo el grupo. Como si lo hubieran practicado durante años, los cinco se levantaron entre crujidos de cuero y un tintineo de cuentas para colocarse en semicírculo detrás de su jefe, sin apartar los ojos de aquel fuego de color escarlata.

Si aspiraban el aire, la luminosidad aumentaba. Si lo exhalaban, se reducía. Al ritmo de su respiración, el fuego pulsaba y vacilaba. El jefe se llevó la mano a la parte alta del brazo izquierdo, el que sostenía el arco, donde reposaba una tira de cuero adornada con cinco piedras negras.

—Ahora —anunció fascinado el voluminoso hombre cuando la colorada luz bañó las grietas y arrugas de su rostro, se reflejó en las cuentas prendidas de sus cabellos y brilló en la oscura pintura que le rodeaba los ojos.

Eran unos ojos verdes, extraños y, a veces, incluso ominosos para un pueblo de ojos infaliblemente castaños. Pero no se trataba de un accidente de la naturaleza. Para los Hombres de las Llanuras no existían tales accidentes. Sus ojos habían marcado a aquel hombre desde su nacimiento. Era un vidente.

—Ahora es el momento de penetrar, de tejer el agua y el viento —continuó el hombre, retirando la tira de cuero de su brazo.

El grupo respiraba con mesura, y el rojo fuego latió como un corazón.

—Porque el viento y el agua se han levantado en estas montañas, y pronto volverán a unirse los Pueblos Separados, como afirman la leyenda y la profecía.

—¿De veras ha llegado el momento, Caminador Incansable? —pió una vocecilla.

Era la de una muchacha, a quien al punto mandó callar con un siseo un hombre ya mayor sentado a su lado. Los demás seguían con su acompasada respiración, la vista siempre fija en el fuego.

El jefe, a quien llamaban Caminador Incansable, hizo un gesto afirmativo, y la sombra de una sonrisa surcó su atezada y fea cara.

—Es la hora,
Marmota —
contestó, ya que aún no había llegado la noche en que la joven recibiría nombre, y todos le ponían apodos cariñosos.

»
O quizá sea la próxima, u otra que llegue después... Hasta el momento que esperamos. La Gran Reunión está cerca, a menos de un año de distancia. Los viejos dioses no permitirán que se repita el dolor de la última Gran Reunión, cuando las historias se interrumpieron y las tribus quedaron sin hogar.

Extendió delante de él aquel brazal, de forma que las negras piedras mirasen hacia la nublada noche solámnica. Algo resplandeció en la gema central, como una lejana hoguera en una oscuridad comparable a la boca de un lobo. Tranquilo y con gran fijeza, mientras la respiración de sus compañeros, detrás de él, era tan regular como los latidos de un solo corazón, Caminador Incansable contempló de manera penetrante la piedra. Sus verdes ojos buscaban algo en su interior.

De momento no distinguió nada, nada más que un tejido de luces y sombras. Luego, la luz adquirió unas formas y movimiento...

Y se transformó en tres pálidos hombres que avanzaban por un paisaje rocoso, con un pesado saco a cuestas.

Caminador Incansable entrecerró los ojos en un esfuerzo por ver alguna combadura en una rama, la curiosa forma de una roca o cualquier hito que le sirviera para saber adónde se dirigía aquella gente. De todos modos, le constaba que nada —ni siquiera las piedras del brazal— revelaría la negra abertura por la que ellos penetrarían en las profundidades. La visión del paso del Namer le sería denegada. Eso lo sabía desde hacía años.

El saco se movía y retorcía en las manos de quienes lo transportaban. En su interior había algo vivo, que se debatía contra el yute y las cuerdas y los fornidos brazos que lo sostenían.

Era lo que Caminador Incansable se imaginaba. El hombre alzó la vista y se volvió hacia los compañeros con unos ojos que llameaban exultantes en sus cuencas rodeadas de umbrosa pintura.

—Sí,
Marmota.
Ha llegado el momento.

Los Hombres de las Llanuras miraron esperanzados a su jefe. Llevadas por un instinto tan antiguo como sus peregrinajes, las manos de los componentes masculinos del grupo se posaron en los cuchillos sujetos a los cinturones, mientras que las de las mujeres buscaron sus amuletos y talismanes.

—Pero hay algo más —añadió Caminador Incansable, desplazando su peso de una pierna a otra antes de contemplar nuevamente las piedras y el fuego—. Algo más que necesitamos saber.

Las piedras volvieron a oscurecerse entre centelleos hasta que el hombre tuvo la impresión de que se habían abierto para engullir el cielo. Las estrellas y las raudas nubes se deslizaron sobre la lisa y endrina superficie de las gemas hasta que una de ellas, la de menor tamaño y más cercana al extremo izquierdo de la tira, se encendió cuando otra visión surgió de su interior.

Una habitación. No se trataba de una tienda ni de un refugio de invierno. ¡No! Las paredes eran de piedra, y el fuego que se veía era el de una chimenea.

¡Un castillo! Un edificio como los de las montañas del norte.

Caminador Incansable pensó en las paredes de esa habitación, esperando que la visión se moviera y le permitiese distinguir más cosas.

Escudos. Tres de ellos.

El jefe de los Hombres de las Llanuras estrechó los ojos para concentrarse mejor en lo que la piedra le mostraba.

Escudos. En uno había una roja flor de luz sobre una nube blanca en campo azul. En otro, una espada roja contra un ardiente sol amarillo. El tercero... no se veía bien. Los blasones quedaban perdidos entre las sombras de la estancia y de las piedras.

Caminador Incansable hizo un resignado gesto de afirmación. Tal era la naturaleza de las esparcidas piedras. Esta vez no le enseñarían rostros. Sabía que aquel a quien buscaba era varón, y joven, y que estaba a punto de ingresar en lo que los norteños llamaban la Orden.

Y que en ese joven guerrero había algo que nada tenía que ver con el orden. Aún era demasiado revoltoso y desequilibrado.

El corpulento Hombre de las Llanuras abandonó su posición en cuclillas para sentarse en el duro y rocoso suelo. La lluvia comenzó como una fina niebla, pero se hizo más intensa cuando Caminador Incansable cerró los ojos y pensó en el tórrido sol de las Llanuras del Polvo, secos recuerdos que compensaron un poco el frío y la humedad que lo rodeaban.

Todavía tenía que ver al muchacho buscado, pero por lo menos le constaba que el esfuerzo no había sido en vano. Caminador sonrió, abrió los ojos y observó cómo la lluvia caía con más fuerza y bajaba de las estribaciones de las montañas a lomos del viento, cada vez más veloz al barrer en dirección oeste las Llanuras de Solamnia, inundadas por el sol..., un viento de destino tan incierto como la profecía.

1

En el Castillo Di Caela, una noche de antorchas y gemas...

Fuera, los centinelas procuraban protegerse del viento. Permanecían pegados a los muros con la vista fija en las montañas Vingaard, que se extendían al norte y al oeste, y en cuyas estribaciones cubiertas de maleza habían comenzado de nuevo los incendios, igual que en las noches precedentes.

Ardían los fuegos con fuerza, como si constituyeran una señal de profunda inquietud.

Los centinelas se agarraban fuertemente al borde de las murallas durante sus guardias, porque el viento arreciaba. Los álamos que crecían al pie de esos muros se tornaron plateados y luego de un verde muy oscuro, para volver a ser plateados cuando el vendaval zarandeó e hizo girar sus hojas.

Pero no era un viento veraniego normal, que soplara balsámico y templado a las horas del sol, fresco cuando atardecía y quedo, muy quedo, a medida que la noche avanzaba. Porque el día anterior, cuando todavía era oscura madrugada, una poderosa tempestad descendida de las colinas —que arrastraba con ella polvo y hierba seca y el débil olor de la noche— había azotado el castillo con terrible violencia, hasta el punto de arrancar a un centinela de su puesto en las almenas y lanzarlo al patio interior.

Una sirvienta del castillo, que por casualidad miraba hacia las almenas, vio caer al hombre, cuya capa ondeó en el viento como un enorme gallardete negro, y dijo que, por espacio de unos instantes, llegó a tapar la luz lunar, con lo que la muchacha tuvo la impresión de que sus ojos la engañaban y de que aquello había sido sólo una nube pasajera.

El desdichado fue encontrado en el patio, a la roja luz de la luna, con los abiertos ojos tan vacíos como el cielo que tenía encima.

Nadie, ni siquiera las personas de más edad, habían visto nunca nada semejante.

En consecuencia, los soldados que montaban guardia se asían firmemente a las almenas, llevaban piedras en las sujeciones de sus armaduras, como lastre, y se habían atado unos a otros como escaladores.

Detrás y debajo de ellos, protegidos por las murallas, el patio y el gran salón del Castillo Di Caela brillaban con una luz más segura. Los banderines y doseles ondeaban suavemente, y los carros y los puestos permanecían vacíos hasta la mañana siguiente, cuando de nuevo comenzara el comercio junto a la base de las murallas exteriores. Hoy tenía lugar un acontecimiento especial en Di Caela, y desde el núcleo luminoso llegaba la música de las trompas y los tambores. Los centinelas que ocupaban los puestos más seguros en el umbrío patio del castillo percibían sin duda el dulce aroma de las rosas que, mezclado al de las especias propias del verano y al profundo y atractivo olor del humo producido por la madera, transportaba el viento.

Todo ello —especias y esencia de rosas, música y luces— resultaba insólito en el Castillo Di Caela. El nuevo señor, sir Bayard Brightblade, Caballero Solámnico de la Espada, se atenía de manera estricta a la Medida y, como antiguo caballero andante, estaba de sobra acostumbrado a las dificultades y los apuros de las calzadas. Por lo tanto, estimaba en poco los lujos.

Sin embargo, aquella noche era brillante, festiva y de gala, pese a los peligros de la mañana, a los vendavales y al austero amo del castillo.

Si Bayard permitía ahora los festejos, era porque no se daba con frecuencia que un nuevo caballero ingresara en la Orden.

* * *

Era un buen motivo de celebración. «Aunque la cosa saldrá cara», pensó sir Bayard Brightblade mientras descendía de sus aposentos a la luz de las velas. A su alrededor, un centenar de pájaros metálicos se hallaban silenciosamente posados en sus varas, como si todas las aves aguardasen una señal —una ruidosa protesta, quizás, o un cambio de tiempo— para elevarse por los aires y emigrar.

Bayard apenas les hizo caso; apenas se daba cuenta de dónde ponía el pie. El joven paje, Raphael Juventus, muchacho que prometía por su especial talento, se adelantó cortésmente a su amo para apartar una silla con la que éste hubiese podido tropezar. La mente de Bayard sólo estaba en la ceremonia que se celebraría.

Abajo sonó una trompeta. Bayard se apoyó en la baranda de mármol, con lo que su enguantada mano levantó una pequeña nube de polvo. Raphael estornudó, y un perro que dormía en el rellano inferior despertó sobresaltado. El animal emitió un gruñido, erizado el pelo del lomo, y se retiró a la oscuridad de un pasillo que partía del rellano.

Bayard se dijo que la ceremonia sería molesta. Más tonterías en casa, cuando fuera imperaba la violencia... ¡Quién sabía lo que auguraban aquellos fuegos en las montañas Vingaard, o el espantoso viento!

—¡Basta ya de huracanes y fuegos! —murmuró de forma ininteligible—. ¡Lluvia es lo que necesitamos ahora, mucho más que músicas y especias!

La sequía era preocupante en su segundo año de gobierno, pensó Bayard mientras se ponía en sus grandes manos los guantes de ceremonia. El caballero reanudó el descenso y pasó por delante de otro de aquellos silenciosos pájaros mecánicos, que lo miraba con estúpida expresión desde su percha en el descansillo, y de cuya ala izquierda pendía un resorte.

Bayard se detuvo un momento en la plataforma de mármol blanco que dominaba el corredor por el que los caballeros rezagados se dirigían al ruidoso y fragante salón. Raphael, elegante a pesar de sus fastidiosas reacciones alérgicas, se apoyaba en una vacía percha de bronce y vigilaba, entre sonoras aspiraciones, que su señor no chocase con ningún obstáculo.

«Inquietud encima de la sequía —meditó Bayard—. ¡Esos fuegos y vendavales cuando se pone el sol! Y ahora un cambio de escuderos... Supongo que es lo que conseguí con la salvación de la damisela y levantando la maldición. Y total para nada.»

Sonriente, continuó hacia la gran puerta del salón. Los guardias situados junto a ella se cuadraron al verlo. Uno de ellos lo hizo con tanta brusquedad que se le cayó el casco con tremendo estrépito, y de su interior salieron rodando unos dados del Calantina, de doce caras cada uno, hasta presentar el «Rescate del Rey», los afortunados dobles nueves que significaban la victoria en el juego de azar que gozaba de más popularidad en el palacio.

El guardia se agachó, dejó su pica y recogió los dados. Después de alzar el arma, volvió a echar los dados.

De nuevo consiguió un «Rescate del Rey».

Su compañero, que no había perdido el casco y era hombre de más escrúpulos, lo miró con recelo cuando Bayard y Raphael pasaron por su lado.

Se abrieron las puertas del comedor. Bayard vio el resplandor de las velas sobre la oscura madera de caoba del salón. Un violonchelo construido por elfos entonó una complicada melodía del sur, entrelazada con elegancia y tristeza a la vez.

—No obstante, es una noche alegre —murmuró Bayard en voz más alta de lo que hubiese querido—. No importan el viento ni el fuego, ni el peligro ni los rumores de un caos en las montañas. Tampoco importan el polvo, el desorden o el resultado de los dados del centinela. Pase lo que pase, esta noche es algo especial. Lady Enid ya se encargará de que sea una fiesta.

* * *

Pese al creciente viento del anochecer y al frío y húmedo aire que penetraba en el gran salón por las ventanas, agitando tapices y apagando alguna que otra vela, la ceremonia empezó tal como Bayard sabía que sucedería: sin incidentes, retrasos ni equivocaciones.

Era gracias a lady Enid, sentada a la cabecera de la mesa, que, pese al fuego y a los retumbos en las tierras que rodeaban el castillo, las tradiciones se celebraban debidamente.

Mientras su marido Bayard se preocupaba por cosas que quedaban fuera de su control y estaba en ascuas a causa de remotos misterios y de otras perturbaciones más próximas, Enid había organizado el banquete y enviado las invitaciones, cuidando asimismo de que los huéspedes estuvieran bien acomodados, y sus habitaciones apropiadamente iluminadas. Las mesas de caoba del gran salón relucían de limpieza.

Finalmente se había arreglado ella. Su rubia melena le caía cual cascada sobre los hombros, y el vestido elegido era de su bisabuela: una centenaria prenda en la que fulguraban increíbles joyas y que lady Enid consideraba demasiado ostentosa para el uso diario, e incluso para una noche de fiesta.

En su opinión, el gusto de su bisabuela Evania había sido siempre desastroso.

Sin embargo, todo el mundo esperaba que Enid luciera ese vestido.

Y el colgante. Siempre el famoso colgante, porque la gente deseaba verlo.

A Enid no le había resultado fácil complacer al pueblo que ansiaba admirarla tan engalanada. Ni tampoco le hacía gracia acoger a aquellos invitados. Bayard, aún no acostumbrado a su papel de señor del castillo, continuaba comportándose como un caballero andante y gustaba de rodearse de los tipos originales y a veces un poco sospechosos que había conocido en sus años de aventuras. Enid ya había tenido que atender a tres bandas de enanos, a un tropel de kenders —que por cierto se habían llevado alegremente parte del servicio de plata de Di Caela— y a diversos Hombres de las Llanuras de Que-shu, hombres callados que, en vez de utilizar las sillas, se sentaban en el suelo.

Hasta había tenido que acoger a uno o dos centauros. Uno de ellos, un individuo de barba gris llamado Archala, que bebía en exceso, logró subir de noche a su aposento, pero a la mañana siguiente fue incapaz de descender la escalera, tanto a consecuencia de la resaca como por la constitución de sus rodillas, de modo que tuvo que ser bajado del rellano mediante cuerdas y poleas, si no querían que se quedara allí para siempre.

Tampoco el muchacho que iba a ser nombrado caballero aquella noche era un modelo en cuanto a conducta. A pesar de su aspecto serio y de sus protestas como «¡Por todos los dioses, Bayard! Yo lo haré mejor», el comportamiento anterior del jovenzuelo rozaba la felonía, y lady Enid estaba convencida de que el formal rostro que veía en los salones del Castillo Di Caela sabía mucho más de lo que daba a entender.

La lista de invitados del chico era muy variada. Interesante, sin duda, pero no del todo respetable. A algunos de los que figuraban en ella, Enid los conocía sólo a través de la leyenda. En su mayoría, sin embargo, los había tratado directamente, y sabía de qué pie cojeaban varios de ellos.

Para empezar estaba allí sir Andrew Pathwarden, padre del muchacho, medio dormido en la mesa y con la larga barba roja extendida como un abanico sobre la superficie de caoba. El añoso caballero estaba fatigado y bastante bebido después de su largo viaje desde Coastlund. Todavía llevaba puesta la enfangada armadura que usaba en sus traslados. Un mastín roncaba enroscado a sus pies, y, aunque Enid no creyese que la sonora presencia del perro fuera necesaria, no dijo nada. Ignoraba qué dictaba la etiqueta en Coastlund respecto de esos animales. De todos modos se dijo que aquel hombre, aunque famoso por su valentía, no estaba nada acostumbrado a un comportamiento refinado.

Alfric Pathwarden, el hijo mayor de sir Andrew, se hallaba sentado a la mesa con la misma dejadez que su padre, todo él un montón de lodo, pelirrojo y torpe a la luz de las candelas. El joven se frotó la manga, ceñudo. Tenía edad sobrada para ser un caballero independiente, pero no hacía ni un mes que había sido nombrado escudero de su padre.

Enid pensó que era como si tu propio hermano te sacara a bailar porque nadie más lo hacía.

¿Qué edad tendría ahora Alfric? ¿Veinticuatro? ¿Veinticinco? No lo recordaba, pero desde luego sobrepasaba en mucho la edad apropiada para la escudería. Bastaba con mirar lo descuidada que estaba la armadura del padre para ver que pasaría aún mucho tiempo antes de que alguien organizara una ceremonia como la de aquella velada para el hijo mayor de Pathwarden.

Razón de más para enviar un paje a los aposentos de sir Andrew. Valía la pena asegurarse de que el caballero estaría cómodo, si el pobre hombre tenía que depender de la habilidad de su hijo mayor.

El padre de Enid, sir Robert Di Caela, se hallaba sentado a la izquierda de la dama. Impecablemente vestido e instalado con gran tacto a suficiente distancia de los demás comensales, removía abstraído el vino que quedaba en el fondo de su copa de estaño. Dado que había puesto en manos de su yerno el gobierno del Castillo Di Caela, con objeto de «tener la libertad de cultivar ocupaciones varoniles», tales como ir de caza y escribir sus memorias, sir Robert ya no prestaba mucha atención a lo que sucedía a su alrededor. Pasaba las mañanas durmiendo, y por las tardes se acicalaba, insultaba a los huéspedes si lo fastidiaban demasiado, y practicaba la cetrería. Por la noche, cosa muy embarazosa, salía con su armadura completa para perseguir a las más jóvenes y bonitas criadas del castillo hasta caer exhausto en la sala y tener que ser trasladado a su lecho por los robustos cortesanos que habían perdido en los juegos de la velada.

Enid había tenido ocasión de echar una ojeada a las memorias en cuestión, y ya se imaginaba cómo serían en su totalidad. Empezaban así: «Nací en la casa de mis padres...».

Mientras tanto, las plumas, la tinta y los papeles —adquiridos en monumental cantidad seis meses antes, al traspasar el control del castillo a su yerno— formaban grandes pilas sobre su escritorio y, de momento, sólo servían para acumular telarañas y polvo.

Pero, al menos, el hombre no daba la lata antes de la puesta del sol.

Por el castillo corría el rumor —y el propio Bayard creía en él— de que el afán de distracción existente en la familia Di Caela se manifestaba de lleno en sir Robert.

—Más tarde o más temprano —le decía Bayard últimamente a su esposa—, tu padre se figurará ser una especie de reptil o anfibio. Cualquier día tendremos que bajarlo de las almenas, donde estará tomando el sol como un lagarto, o sacarlo del foso.

Enid contestaba que lo que su padre echaba de menos era una ocupación que lo hiciera sentirse útil: un cargo en el meollo del castillo.

A lo que solía responder Bayard: «Aquí no siempre hay algo interesante que hacer» y, con un suspiro o un gruñido, arrojaba su cena a los perros, ya de por sí gordos.

La dama jugueteó con el colgante que le adornaba el cuello. Otrora un objeto peligrosamente mágico en manos del Escorpión, y ahora un artefacto de la vieja maldición de Di Caela, había sido rescatado del derrumbamiento del Nido del Escorpión en lo alto del desfiladero de Chaktamir; rescatado por su padre, al que habían guiado sabían los dioses qué impulsos... Quizá lo quisiera como trofeo, quizá como reliquia, o quizá para recordarle lo ocupados que en otro tiempo tenía sus días.

De oro, grande y pentagonal, cada una de sus esquinas representaba uno de los antiguos elementos: tierra, aire, fuego, agua y memoria. Aquellos elementos que, según los sabios actuales, no eran más
elementales
que la hierba o la luz o los perros que dormían debajo de las mesas.

El colgante había estado a punto de matarla, en una ocasión, pero eso era otra historia. Privado ahora de su magia, resultaba decorativo y elegante, sin más poder que el del recuerdo.

Más de uno había olvidado ya que la pieza fuese mágica en su día.

Enid sólo conocía a algunos de los caballeros por su reputación. Sir Brandon Rus era primo lejano, un joven de veintidós o veintitrés años. Era la primera vez que emprendía una aventura solo, lejos de los campamentos de su madre en las colinas Verkhus. Brandon ya había conseguido una reputación como buen cazador en toda Solamnia. Si lo que contaban era cierto, sus flechas sólo habían errado el blanco dos veces en los últimos siete años. En una ocasión (según se decía), su impetuoso proyectil no había dado en el venado elegido, pero había traspasado en cambio a un asesino que acechaba escondido entre los cercanos matorrales.

De la segunda ocasión hacía más tiempo. Según afirmaban algunos, nunca se había producido. El propio Brandon mantenía que sólo había fallado una vez en su vida, aunque otros aseguraban que eran dos los yerros.

Mirando a sir Brandon, Enid tuvo que admitir que, dadas las peculiaridades de su propio padre y de aquel lejano pariente, no era ella la más adecuada para acusar de rarezas a los Pathwarden. Aunque no tenía nada que objetar respecto de sir Brandon, éste parecía un poco engreído. No había nada malo en utilizar las arcaicas formas de tratamiento, ni en la compleja serie de saludos que los Caballeros de Solamnia de la vieja escuela se dedicaban unos a otros, salvo que ninguno de los demás caballeros consideraba necesario mantener todo el complicado ritual, y la mayoría de los jóvenes había olvidado la costumbre de hacer las debidas reverencias, si es que alguna vez la habían aprendido.

Brandon, por su parte, vivía para la historia y el ceremonial de la Orden. La primera noche de su estancia en el Castillo Di Caela los había aburrido a todos con sus formalidades y normas de la etiqueta. Y otro tanto había ocurrido a la mañana siguiente.

Desde luego, el muchacho se sabía de memoria todas las leyendas referentes a los diversos caballeros, porque a lo largo de un interminable y tedioso desayuno le había hablado a Enid de la mitad de ellos, charlando sin cesar sobre Huma y Vinas Solamnus, mientras Dannelle, prima de Enid, permanecía detrás de él y, a la vez que servía el té, hacía muecas por encima de los hombros del joven.

Brandon había continuado con su relato, mareando con su verborrea a los presentes, hasta que el propio Bayard desapareció en los oscuros corredores para no tener que aguantarlo más.

Finalmente fue sir Robert quien hizo callar al chico preguntándole si era el nuevo maestro de danza.

Menos mal que al padre de Enid se le había ocurrido eso antes de que llegasen los demás huéspedes, ya que sir Andrew habría propinado una paliza al joven por su «maldita afectación, tan propia de las gentes del este».

Ahora, Brandon permanecía sentado muy sumiso a la mesa principal, serio y triste a pesar de su conversación y del vivo color de su túnica y del brillo de su peto.

Parecía un capellán de castillo sin religión.

Había sido colocado lo más lejos posible de sir Robert Di Caela (quien, según se rumoreaba, había murmurado amenazas contra la vida del novato caballero). Brandon, por su parte, estaba entregado a una amplia discusión sobre conocimientos históricos con Gileandos, el tutor de la familia Pathwarden; el mismo Gileandos a quien sir Robert había llamado un día «el loco más culto del planeta». Enid procuraba no escuchar lo que decían, pero Gileandos había perdido gran parte de su oído en un accidente sufrido el año anterior, cuando un alambique le había estallado demasiado cerca de la oreja izquierda, de modo que tanto él como Brandon hablaban en voz muy alta. Su conversación era abstrusa, casi propia de gnomos, y trataba de las poco conocidas hazañas de los grandes Caballeros Solámnicos del pasado, de las propiedades mágicas de sus armas, de las piezas con que se protegían el cuerpo y de las esferas, bastones y varillas de virtudes encontradas en el camino.

Por lo visto, Brandon necesitaba retroceder mil años en la historia para hallar una magia en la que creyera.

Sin embargo, el joven caballero estaba demasiado dispuesto a dar crédito a todas las tonterías de Gileandos, que ya había hecho considerables progresos con la garrafa de vino que tenía a mano. Según decían, Gileandos justificaba los grandes vendavales procedentes de las montañas Vingaard como «una inclemencia atmosférica completamente natural: la liberación del calor hacia las altas regiones donde, en reacción contra el gélido aire imperante encima del límite de la vegetación arbórea, produce las... urgencias a las que ahora tenemos que hacer frente».

Enid no había prestado gran atención a la instrucción científica recibida de niña, pero recordaba lo suficiente respecto de la predicción del tiempo —aprendida simplemente de la organización de las partidas de caza de su padre— para darse cuenta de que Gileandos no era más que un imbécil.

Porque había que ser imbécil para buscar el fondo del misterio en las montañas, como si cualquier explicación, por absurda que fuera, pudiese proteger a la gente de un inconcebible peligro.

La dama conocía la vieja historia de que la magia se hereda, de que un niño nace con el don de la clarividencia, con un oído para el lenguaje de las plantas o con la capacidad de hacer hervir el agua o de hacer caer del aire a un pájaro, y se preguntaba si tal magia heredada se debilitaba de una generación a la siguiente. Eso aclararía muchas cosas si, por ejemplo, a cada familia le era concedida cierta medida de poder mágico que se diluía o reducía al pasar del padre al hijo o del tío al sobrino. Al cabo de un tiempo cesaría de existir, se agotaría, y los descendientes ya no tendrían visiones.

No obstante, existía también el joven que iba a ser nombrado caballero aquella noche, y que prometía mucho a pesar de su tendencia a la obstinación y a las fantasías. «De vez en cuando
existen
las visiones —se dijo Enid—, aunque por lo general se producen en donde menos se esperan y, en ocasiones, entre aquellas personas que, en opinión de la tradicional Orden Solámnica, sería preferible que no las tuvieran.»

De toda la gente sobria diseminada por el salón, sólo había un hombre que no se mostraba inquieto, uno al que no descentraban el paso del tiempo y la ociosidad.

Eso, al menos, creía Enid.

A la izquierda de sir Brandon se hallaba sentado sir Ramiro de Maw, el «tío» Ramiro a quien Enid quería tanto, atento ahora a su oporto y al faisán mientras hacía la corte a Dannelle Di Caela, prima de Enid, quien sin duda tenía otras cosas en la cabeza. Porque el joven a quien se nombraría caballero esa noche la llevaba por la calle de la amargura. Justamente cuando parecía que él la miraba con buenos ojos, con interés y... con instintos cariñosos, desde los pisos inferiores habían vuelto a llegar las historias. La fregona, la hija del panadero y muchas otras mujeres daban el grito de alarma.

Entre esas «muchas otras» figuraba una parienta lejana, Marigold Celeste, hija menor de sir Jarden de Kayolin, que había armado tal escándalo en las posesiones de su padre en las montañas, que el hombre, fuera de sí a causa de semejante ultraje y tan incapaz de educar a una hija como cualquier Caballero Solámnico, le había dado a elegir entre una «instrucción entre los hermanos de las llanuras» o la rápida hoja de una espada.

Marigold era disoluta, pero no tonta. La sentencia de su padre la había puesto inmediatamente en camino hacia el Castillo Di Caela, llenas sus bolsas de cosméticos y quesos, y peinados y lacados los cabellos en forma de tejadillo, para protegerse de la lluvia. El comprensivo recibimiento de que fue objeto por parte de las damas de la corte empezó a enfriarse cuando Marigold se enredó con el primer guardia que encontró, para subir luego de categoría y, después de tener un lío con el instructor de duelos, conquistar al senescal, agotándolos a todos antes de decidirse por un muchacho suficientemente fornido para soportar el peso exacto de sus intenciones..., ese mismo muchacho que ahora iba a ser nombrado caballero.

La insaciable joven había sido colocada lo más lejos posible de lady Dannelle. Llevaba los rubios cabellos —cuyos peinados la habían hecho famosa en toda Solamnia— firmemente sujetos mediante trenzas anudadas en un moño que llamaba la atención por su modestia, y que semejaba una hogaza de pan que llevara al mercado. En Marigold había algo de bucólico, no obstante: la robustez, los hombros —anchos como los de un hombre— y... el atractivo que, aun así, tenía para todo desventurado varón que cayera en sus redes.

Marigold sonreía y pestañeaba de manera ridícula. Pocos había en el castillo que no conocieran sus andanzas. Enid se decía que, aunque sólo una de esas historias fuese cierta, el nuevo caballero tendría mucho a que responder, por no hablar ya de las energías y la resistencia que necesitaría.

Mientras tanto, la pobre prima Dannelle esperaba.

Imperturbable pese a la diferencia de edad y a la obvia falta de interés que demostraba Dannelle, sir Ramiro inclinó sus ciento treinta kilos en son de conquista hacia la elegante damisela, que sonreía entre gestos afirmativos...

... y no le prestaba la menor atención, fija la vista en la doble puerta del otro lado del salón.

«Aquí los tengo a todos reunidos», pensó Enid, reclinándose en su sillón, a la vez que sus castaños ojos recorrían toda la amplia estancia.

A todos con excepción de Brithelm, el segundo hijo de sir Andrew, que andaba por las montañas del norte o del oeste, sin duda dedicado a la meditación.

Enid recordó su expresión de atolondramiento; sus parduscas greñas, que parecían golpeadas por el rayo, y aquella túnica que con frecuencia llevaba con la parte delantera detrás, o incluso del revés.

Confiaba ella en que estuviera a más altura que los incendios, y debajo de la zona azotada por la tormenta.

Probablemente se hallaría en sitio seguro, aunque —conociéndolo— por los motivos más absurdos, y no por propia decisión. En cualquier caso, Enid lamentaba su ausencia. En el castillo hacían falta su amabilidad, su humor y su bondad, e incluso sus tonterías.

En su ociosidad, el mundo resultaba francamente triste y preocupante.

Enid sonrió al ver entrar a Bayard y observar cómo los demás caballeros se ponían de pie por respeto al señor del Castillo Di Caela, a la vez que las trompetas se unían a la melancólica melodía de la viola.

«Por eso la música, la deferencia, los detalles y el precioso vestido —se dijo—. Para que el mundo olvide sus problemas por unas horas. Y para recordarnos nuestros propósitos.»

Su esposo se aproximó, tomó asiento a su derecha y se quitó el guante para estrecharle la mano debajo de la mesa. En momento como ése, Enid olvidaba toda la loza rota, el correteo de los perros por el gran salón e incluso el enano borracho encontrado dormido en su bañera, con un enorme jamón ahumado entre sus rollizos brazos...

La dama miró a Bayard, cuyas torpes y toscas maneras y demostraciones de esgrima en medio de sus visitantes sólo probaban que él tenía razón: «Aquí no siempre hay algo interesante que hacer».

Pero aquella noche sí que lo había. Se acercaba el momento culminante de la ceremonia: la entrada del muchacho. Si todo se realizaba según el ritual y lo previsto, Galen Pathwarden Brightblade estaría esperando al otro lado de la doble puerta hasta oír el sonido del tambor. En el umbral de la edad viril.

Comenzaron los golpes de tambor, y todos los rostros se volvieron hacia la puerta. El redoble continuó.

Y continuó.

Bayard echó una preocupada mirada a su mujer, que esbozó una sonrisa y meneó la cabeza.

—¿Dónde diablos se ha metido? —susurró Bayard.

—Esto es una lección para nosotros dos, querido —contestó Enid en un murmullo—. ¿Verdad que tú no puedes controlar la sequía o los fuegos que se producen en las montañas? ¡Pues Galen está cortado según el mismo patrón! Un fenómeno natural. No hay plan ni ceremonia...

—... capaz de hacerlo estar en el lugar debido a la hora debida —concluyó Bayard la frase, molesto, en voz un poco demasiado alta.

Gileandos dirigió enseguida una mirada de reproche a la cabecera de la mesa, pero se contuvo al ver que el enfadado era el propio castellano.

La cabeza de un ceñudo centinela apareció en la puerta con un gesto de extrañeza, y algo sonó en el interior de su casco.

—Casi un Caballero Solámnico, pero en el fondo de su corazón sigue siendo, en el mejor de los casos, una irremediable comadreja —gruñó Bayard, al mismo tiempo que depositaba su copa sobre la mesa.

A continuación se levantó, procurando parecer disgustado, pero en realidad casi sonreía cuando se encaminó a la gran puerta doble. Enid se dio cuenta y, conteniendo la risa, hizo una señal al paje para que buscara a Galen por el castillo.

Confiaba en que el muchacho fuese hallado pronto. No necesariamente para la ceremonia ni por la Orden. Y, desde luego, no para que otro presumido y privilegiado joven pudiera fanfarronear con su nueva armadura.

Sino porque Galen Pathwarden prometía seguir tan insumiso como siempre. «Algo que hacer» era siempre la máxima de
Comadreja.

2

«Y ahora el chico —prosiguió el namer, volviendo en sus manos la tira de centelleante metal—, el joven a punto de ser nombrado caballero. Toda la historia gira a su alrededor, y en él se reúnen y completan los añicos y fragmentos de los demás relatos. Ahora le oigo decir...»

* * *

No tuvieron que buscar mucho.

Bayard me encontró en mis aposentos, que eran el lugar más obvio y lógico. Al fin y al cabo, aquélla era la Noche de las Reflexiones: la última y solitaria penetración en su alma que un caballero debía efectuar antes de que le impusieran las manos y le entregasen la espada y los guanteletes de la Orden.

Tres años atrás, yo habría aprovechado la ocasión para escapar de todos los ritos y responsabilidades. Me habría abierto paso por cualquier corredor subterráneo para desaparecer en las insondables oscuridades del castillo antes de que Bayard encendiera la antorcha para descender por el pasadizo que partía del gran salón.

Así habría sido hace tres años, cuando yo era
Comadreja.

Ahora, por todos los dioses, yo ya tenía ganas de ser sir Galen Pathwarden para codearme con muchos de ellos: mi propio padre, Bayard, sir Robert Di Caela y otros. Pero tuvo que haber dado la impresión de que mis naturales inclinaciones y la cómoda vida en el Castillo Di Caela me habían traicionado en el último momento.

Porque Bayard me encontró despatarrado en el suelo de la habitación junto a una mesa rota, rodeado de mis pertenencias. El viento, aunque no tan fuerte como la noche anterior pero todavía bastante tempestuoso, penetraba por debajo de la ventana cerrada con postigos, hinchando a mi alrededor los tapices y la manta de la cama hasta parecer que yo volvía a navegar por las corrientes de la cobardía.

Pero juro que no era así. Después de todo, muchas son las historias de hombres bien valientes que se desmayaron y perdieron el equilibrio al sobrevenirles las extrañas visiones.

Comprendo que debí de causar un efecto muy malo: un hombre de casi veinte años tendido boca abajo junto a una destartalada mesa, con la jofaina y las toallas y demás accesorios esparcidos por el suelo. Sólo vestido con una túnica verde y un peto solámnico, estoy seguro de que parecía una rara criatura, semejante a un bicharraco o un gusano..., o a cualquier cosa de duro caparazón, interesado en algo situado bajo tierra.