el líbro del destino

 

Washington y la masonería: Brad Meltzer nos revela el secreto mejor protegido Aquel 4 de Julio, Wes Holloway, un asistente presidencial ambicioso y arrogante, metió al Ron Boyle, el mejor amigo del presidente, en la limusina presidencial. Cuando al viaje acabó, Wes había quedado permanentemente desfigurado y Boyle estaba muerto, víctimas de un asesino demente. Ocho años más tarde, Boyle es descubierto, vivo y en perfecto estado de salud, en Malaisia. En ese momento, Wes tiene la oportunidad de deshacer el peor día de su vida. El intento de averiguar qué sucedió realmente lleva a Wes a enfrentarse a un rompecabezas presidencial que ya tiene diez años de antigüedad, a hechos misteriosos enterrados en la historia de la masonería y a un código de doscientos años inventado por Thomas Jefferson.

Brad Meltzer

El libro del destino

ePUB v1.1

libra_861010
11.05.12

Título original:
The Book of Fate

Brad Meltzer, 2007.

Traducción: Gerardo Di Masso

Editor original: libra_861010 (v1.0 a v1.1)

Para Lila, mi niña,

quien cogió mi corazón,

y con su dulce sonrisa

lo hizo mucho más grande
.

1

Dentro de seis minutos uno de nosotros podría estar muerto. Era nuestro destino. Ninguno de nosotros sabía lo que iba a ocurrir.

—¡Ron, espera! —grité, corriendo tras el hombre de mediana edad vestido con un traje azul marino. Mientras corría, el calor húmedo de Florida hizo que la camisa se me pegase al pecho.

Ron Boyle me ignoró y aceleró el paso por la pista, pasando junto al Air Force One, a nuestra derecha, y a los dieciocho coches de la caravana que aguardaban a nuestra izquierda. Como jefe de personal adjunto, Boyle siempre tenía prisa. Eso es lo que ocurre cuando trabajas para el hombre más poderoso del mundo. No es algo que diga a la ligera. Nuestro jefe era el comandante en jefe. El presidente de Estados Unidos. Y cuando él quería algo, mi trabajo consistía en conseguirlo. En este momento, el presidente Leland
León
Manning quería que Boyle se tranquilizara. Algunas tareas eran demasiado incluso para mí.

Aumentando la velocidad a medida que atravesaba el compacto grupo de miembros del personal y periodistas que se dirigían hacia los vehículos que tenían asignados, Boyle pasó velozmente junto a un Chevy Suburban negro lleno de agentes del Servicio Secreto, y a la ambulancia que llevaba pequeñas bolsas con sangre del presidente. Esta misma mañana, más temprano, se suponía que Boyle debía mantener una reunión de quince minutos con el presidente a bordo del Air Force One. Debido a un error en mi programación, ahora Boyle había visto reducida esa reunión a tres minutos. Decir que estaba molesto sería como llamar a la Gran Depresión «un mal día en la oficina».

—¡Ron! —volví a llamarlo, apoyando la mano sobre su hombro y tratando de disculparme—. Espera un momento. Sólo quería…

Se volvió bruscamente, apartando mi mano de su hombro. Delgado y de nariz puntiaguda, con un espeso bigote destinado a compensar ambas cosas, Boyle tenía el pelo gris, piel aceitunada y ojos castaños y expresivos, con un toque azul claro en cada iris. Cuando se inclinó hacia mí sus ojos de gato me fulminaron.

—No vuelvas a tocarme a menos que me estreches la mano —dijo con tono amenazador mientras la saliva me salpicaba la mejilla.

Me enjugué el rostro con el dorso de la mano mientras apretaba los dientes. De acuerdo, el error en la programación era culpa mía, pero ésa no era razón para que…

—Ahora dime qué coño es eso tan importante, Wes, ¿o acaso se trata de otro recordatorio vital de que cuando comemos con el presidente necesitamos darte nuestras preferencias para el almuerzo al menos con una hora de antelación? —añadió, alzando tanto el tono de voz que algunos miembros del Servicio Secreto se volvieron para mirarnos.

Cualquier otro tío de veintitrés años hubiese replicado. Yo mantuve la calma. Ése es el trabajo del ayudante del presidente… alias el escolta… alias el chico de los recados. Conseguir lo que el presidente quiere; mantener la maquinaria en funcionamiento.

—Permíteme que te lo compense, Ron —dije, olvidando mis disculpas. Si quería que Boyle se tranquilizara (si no queríamos montar una escena para los chicos de la prensa) era necesario que yo diera el primer paso—. ¿Qué te parece si… si nos escabullimos dentro de la limusina del presidente ahora mismo?

La postura de Boyle se alteró ligeramente y comenzó a abrocharse los botones de la chaqueta.

—Pensé que tú… No, vale. Genial. Excelente.

Incluso esbozó una leve sonrisa. Crisis superada.

Él pensó que estaba todo perdonado. Pero tengo mucha más memoria que eso. Mientras Boyle se volvía con expresión triunfal en dirección a la limusina, yo apunté mentalmente otra nota. «Capullo arrogante.» Cuando regresáramos a casa, él iría en el asiento trasero de la camioneta de la prensa.

Yo no era sólo bueno. Era genial. No se trata de egocentrismo; es la verdad. Uno no solicita este trabajo, lo invitan a una entrevista. Todos los jóvenes que querían escalar en política que pululaban por la Casa Blanca se dejarían matar por estar tan cerca del líder del mundo libre. Mi antecesor había dejado este puesto para convertirse en el número dos en la Oficina de Prensa de la Casa Blanca. Su predecesor en el último gobierno dirigía ahora a cuatro mil personas en IBM. Hacía siete meses, a pesar de mi falta de contactos, el presidente me había elegido a mí. Pasé por encima del hijo de un senador y de un par de sabihondos de Rhodes. No tenía ningún problema en vérmelas con un jefe de personal adjunto histérico.

—¡Wes, en marcha! —dijo el jefe del destacamento del Servicio Secreto, indicándonos que subiéramos al coche, al tiempo que él se deslizaba en el asiento delantero, desde donde podía verlo todo.

Pisándole los talones a Boyle y sosteniendo mi maletín de cuero delante de mí, me metí en la parte trasera de la limusina blindada, donde el presidente ya se encontraba instalado, vestido con vaqueros y una cazadora negra. Supuse que Boyle comenzaría a hablar inmediatamente, pero cuando pasó por delante del presidente estaba extrañamente callado. Mientras avanzaba encorvado para ocupar el asiento izquierdo, la chaqueta del traje de Boyle se abrió, pero él rápidamente apoyó la mano a la altura del corazón para mantenerla cerrada. No me di cuenta hasta mucho más tarde de qué ocultaba. O lo que acababa de hacer al invitarlo a subir a la limusina.

Entré en el coche detrás de él y me dirigí agachado hacia uno de los tres asientos abatibles que miraban hacia atrás. El mío estaba situado espalda con espalda con el conductor y frente a Boyle. Por razones de seguridad, el presidente siempre se sentaba en el asiento trasero derecho, con la primera dama entre Boyle y él.

El asiento plegable que estaba justo delante del presidente —la silla eléctrica— ya estaba ocupado por Mike Calinoff, corredor profesional de coches retirado, ganador en cuatro ocasiones de la Copa Winston e invitado especial al acontecimiento que se celebraba hoy. No era ninguna sorpresa. Cuando apenas faltaban cuatro meses para las elecciones, nuestra ventaja era de sólo tres puntos en las encuestas. Cuando la ciudadanía se mostraba tan voluble, sólo un loco entraba en la arena de los gladiadores sin llevar un arma oculta.

—¿O sea, que es muy veloz, incluso con el blindaje? —preguntó el campeón, admirando el interior azul noche del Cadillac One.

—Como un guante con vaselina —contestó Manning mientras la primera dama ponía los ojos en blanco.

Boyle se inclinó hacia adelante en su asiento y abrió un sobre de papel manila.

—Señor presidente, ¿si pudiésemos…?

—Lo siento… eso es todo lo que puedo hacer, señor —interrumpió Warren Albright, el jefe del equipo personal, mientras entraba en la limusina. Le entregó al presidente un periódico doblado, ocupó el asiento del medio, frente a la primera dama y, lo que era más importante, en diagonal a Manning. Incluso en un asiento posterior con capacidad para seis personas, la proximidad era importante. Especialmente para Boy le, quien aún estaba inclinado hacia el presidente, negándose a renunciar a su oportunidad.

El presidente cogió el periódico y examinó el crucigrama que Albright y él compartían cada día. Había sido su costumbre desde el primer día de la campaña… y la razón por la cual Albright se instalaba siempre en ese codiciado asiento en diagonal. Albright se encargaba de comenzar a resolver el crucigrama, llegaba tan lejos como podía y luego se lo pasaba al presidente para que fuese él quien cruzara la línea de meta.

—La quince vertical está mal. —El presidente señaló mientras yo apoyaba mi maletín de cuero sobre mi regazo—. «Suprimir.»

Albright habitualmente detestaba que Manning descubriese un error. Hoy, al advertir la presencia de Boyle en el asiento de la esquina, tuvo un motivo añadido para sentirse molesto.

«¿Todo bien?», pregunté con la mirada.

Antes de que Albright pudiese contestar, el conductor pisó el acelerador y mi cuerpo se fue hacia adelante.

Tres minutos y medio después sonará el primer disparo. Dos de nosotros caeremos al suelo en medio de convulsiones. Uno ya no volverá a levantarse.

—Señor, ¿si me permite un minuto? —interrumpió Boyle, con más insistencia que antes.

—Ron, ¿por qué no disfrutas del paseo? —dijo la primera dama con tono burlón, y su melena corta y castaña se sacudió cuando la limusina cogió un bache. A pesar del dulce tono de su voz, vi el brillo feroz en sus ojos verdes. Era la misma mirada fulminante que solía lanzarles a sus alumnos en Princeton. La primera dama, con un doctorado en Química, estaba entrenada para ser dura. Y lo que la primera dama quería, lo conseguía.

—Pero, señora, sólo llevará…

Su ceño se frunció de tal manera que las cejas se besaron.

—Ron. «Disfruta del paseo.»

La mayoría de la gente se hubiese detenido en ese punto. Boyle presionó aún más, tratando de darle el archivo directamente a Manning. Conocía al presidente desde que tenían veinte años y estudiaban en Oxford. Banquero profesional, además de coleccionista de trucos de magia antiguos, más tarde se encargó de manejar todo el dinero de Manning, un truco de magia en sí mismo. Era el único de nosotros que había estado presente cuando Manning se casó con la primera dama. Eso le otorgó una licencia especial cuando la prensa descubrió que el padre de Boyle era un insignificante estafador que había sido condenado (dos veces) por fraude en los seguros. Era la misma licencia que estaba utilizando en la limusina para poner a prueba la autoridad de la primera dama. Pero incluso los mejores pases tienen fecha de caducidad.

Manning meneó la cabeza de un modo tan sutil que sólo un ojo entrenado era capaz de advertirlo: primera dama, uno; Boyle, cero.

Boyle cerró la carpeta, se apoyó en el respaldo de su asiento y me lanzó una de esas miradas que matan. Era culpa mía.

Cuando nos acercábamos a nuestro destino, Manning miró en silencio a través de la ventanilla tintada a prueba de balas.

—¿Saben lo que dijo Kennedy tres horas antes de que le disparasen? —preguntó con su mejor acento de Massachusetts—. «Anoche hubiese sido una noche perfecta para matar a un presidente.»

—¡Lee! —exclamó la primera dama—. ¿Ve con lo que tengo que tratar todos los días? —añadió con una falsa sonrisa dirigida a Calinoff.

El presidente le cogió la mano y se la acarició, mirando en mi dirección.

—Wes, ¿has traído el regalo para el señor Calinoff? —preguntó.

Busqué en mi maletín de cuero —el bolso de los trucos— sin apartar en ningún momento los ojos del rostro de Manning. Él asintió ligeramente y se rascó la muñeca. «No le des el alfiler de la corbata… busca el regalo importante.»

Yo había sido su ayudante durante más de siete meses. Si estaba haciendo bien mi trabajo, no teníamos necesidad de comunicarnos. Estábamos disfrutando. No pude evitar una sonrisa.

Ésa fue mi última gran sonrisa. Al cabo de tres minutos, la bala del asesino atravesaría mi mejilla, destruyendo tantos nervios que nunca podría volver a usar completamente la boca.

«Ese es», el presidente asintió ligeramente.

Del interior de mi maletín, que contenía todo aquello que un presidente podría necesitar, saqué un juego de gemelos presidenciales oficiales que entregué al señor Calinoff, quien estaba disfrutando de cada milésima de segundo en su asiento abatible y absolutamente incómodo.

—Son auténticos, ¿sabe? —le dijo el presidente—. No se le ocurra colgarlos en eBay.

Era el mismo chiste que empleaba cada vez que regalaba un par de esos gemelos. Todos nos reímos con la ocurrencia. Incluso Boyle, quien comenzó a rascarse el pecho. No hay nada mejor que compartir una broma privada con el presidente de Estados Unidos. Y el 4 de julio en Daytona, Florida, cuando has volado hasta allí para gritar, «¡Caballeros, enciendan los motores!», en la legendaria carrera Pepsi 400 de la NASCAR, no había un asiento trasero mejor en todo el mundo.

Antes de que Calinoff pudiese agradecerle el regalo al presidente, la limusina se detuvo. Un relámpago rojo pasó junto a nosotros por la izquierda: dos motos de la policía con las sirenas conectadas. Estaban avanzando desde el final de la caravana hasta el frente. Igual que en un funeral.

—No me digan ahora que han cerrado la carretera —dijo la primera dama. Odiaba que interrumpiesen el tráfico para que pasara la caravana presidencial. Eran votos que jamás se recuperarían.

La limusina avanzó lentamente un par de metros.

—Señor, estamos a punto de entrar en la pista de carreras —anunció el jefe del destacamento del Servicio Secreto desde el asiento delantero. En el exterior, la pista abierta del aeropuerto dio paso a filas y más filas de lujosos autobuses.

—Un momento… ¿vamos a entrar en la pista? —preguntó Calinoff, súbitamente emocionado. Se volvió en su asiento tratando de echar un vistazo al exterior.

El presidente sonrió.

—¿Acaso pensó que sólo conseguiríamos un par de asientos en primera fila?

Las ruedas rebotaron sobre una estruendosa placa metálica que sonó como si se tratara de una tapa de alcantarilla suelta. Boyle se rascó el pecho con más intensidad. Un rugido de barítono invadió el aire.

—¿Y ese trueno? —preguntó Boyle, elevando la vista hacia el cielo azul.

—No, no es un trueno —contestó el presidente, apoyando las yemas de los dedos contra el cristal a prueba de balas y señalando a la multitud, unas doscientas mil personas, que llenaban el estadio y que ahora estaban de pie moviendo los brazos y agitando banderas—. Son aplausos.

—¡Damas y caballeros, el presidente de Estados Unidos! —gritó el presentador a través del sistema de megafonía.

Un brusco giro a la derecha nos lanzó a todos hacia un lado cuando la limusina entró en la pista de carreras, la carretera más grande y más perfectamente asfaltada que yo he visto en mi vida.

—Bonitas carreteras tienen por aquí —le dijo el presidente a Calinoff, apoyándose en el respaldo del mullido asiento de cuero que estaba confeccionado a la medida de su cuerpo.

Ahora todo lo que quedaba era la gran entrada. Si no lo hacíamos bien, los doscientos mil espectadores que habían pagado su entrada, más los diez millones de telespectadores que contemplaban el espectáculo desde sus casas, más los setenta y cinco millones de seguidores de las carreras de la NASCAR, correrían a contarles a sus amigos, vecinos, primos y desconocidos que habíamos ido a nuestro bautismo y estornudado en el agua bendita.

Pero ésa era la razón de que fuéramos con esa caravana. No necesitábamos dieciocho coches. La pista del aeropuerto de Daytona estaba junto a la pista de carreras. No había que pasar semáforos en rojo. No había que interrumpir el tráfico. Pero todos los que están mirando… ¿han visto alguna vez la caravana presidencial en una pista de carreras? Locura norteamericana instantánea.

No me importaban ya las encuestas. Una vuelta a la pista y estaríamos escogiendo nuestros asientos para la toma de posesión.

Frente a mí, Boyle no estaba tan emocionado. Con los brazos cruzados sobre el pecho, no dejaba de estudiar al presidente.

—También han acudido las estrellas, ¿eh? —dijo Calinoff cuando entramos en la última curva y vimos a nuestro comité de bienvenida, una pequeña multitud de corredores de la NASCAR luciendo sus monos de competición multicolores y adornados con publicidad. Lo que su ojo no entrenado no advirtió fue la docena aproximada de miembros del «personal de boxes» que permanecían un poco más erguidos que el resto. Algunos llevaban mochilas. Otros, bolsos de cuero. Todos llevaban gafas de sol. Y uno de ellos hablaba con su muñeca. Servicio Secreto.

Como cualquier otra persona que viajaba por primera vez en la limusina presidencial, Calinoff estaba prácticamente lamiendo el cristal.

—Señor Calinoff, usted bajará primero —le dije cuando entrábamos en la zona de los palcos. Fuera, los pilotos ya estaban ocupando sus posiciones. Dentro de sesenta segundos estarían corriendo por sus vidas.

Calinoff se inclinó hacia mi puerta, donde estaban apiñados todos los pilotos de la NASCAR.

Yo me incliné hacia adelante para bloquearle el paso, señalándole la puerta del presidente, en el lado opuesto.

—Por allí —dije.

—Pero los pilotos están al otro lado —protestó Calinoff.

—Escuche al chico —dijo el presidente, señalando su puerta.

Hace algunos años, cuando el presidente Clinton llegó para asistir a una carrera de la NASCAR, parte de la multitud lo abucheó. En 2004, cuando el presidente Bush llegó acompañado del legendario Bill Elliott, Elliott fue el primero en salir de la limusina y la multitud enloqueció. Los presidentes también pueden utilizar un evento deportivo.

El jefe del pequeño destacamento del Servicio Secreto apretó un botón de seguridad que había debajo del tirador de la puerta blindada y que le permitía abrirla desde fuera. Pocos segundos después, la puerta se abrió ligeramente y unas cuchillas de luz y el calor húmedo de Florida atravesaron el coche. Calinoff apoyó una de sus botas hechas a mano sobre el pavimento.

—¡Y ahora demos la bienvenida al cuatro veces ganador de la Copa Winston… Mike Caaaaaalinoff! —gritó el presentador a través de los altavoces.

La multitud rugió.

—No lo olvide —susurró el presidente a su invitado cuando Calinoff salía de la limusina—. Es lo que hemos venido a ver.

—Y ahora —continuó el presentador—, nuestro gran maestro de ceremonias para la carrera que se disputará hoy… ¡el presidente Leeeeeeland Maaaaning!

El presidente salió de la limusina inmediatamente detrás de Calinoff, la mano derecha alzada en un saludo a la multitud, su mano izquierda palmeando con orgullo el logo de la NASCAR en la pechera de su cazadora. Hizo una pausa para esperar a la primera dama. Como siempre, podían leerse los labios de los que ocupaban la grada principal. «Allí está… Allí está… Allí están…» Luego, tan pronto como la multitud lo hubo digerido, comenzaron a dispararse los flashes de las cámaras. «¡Señor presidente, aquí! ¡Señor presidente…!» Apenas había avanzado tres pasos y Albright ya estaba pisándole los talones, seguido de Boyle.

Fui el último en salir de la limusina. La intensa luz del sol me obligó a entrecerrar los ojos, pero aun así volví el cuello para mirar hacia las gradas, hipnotizado por los doscientos mil entusiastas que ahora estaban de pie, señalando y saludándonos a todos. Hacía apenas dos años que había salido de la universidad y ésta era mi vida. Ni siquiera las estrellas de rock pueden disfrutar de algo así.

Extendiendo la mano para estrecharla con la gente, Calinoff se vio rodeado de inmediato por las decenas de pilotos, que lo envolvieron con abrazos y fuertes palmadas en la espalda. Al frente de esa pequeña multitud se encontraba el presidente de la NASCAR y su sorprendentemente alta esposa, quien había venido para dar la bienvenida a la primera dama.

El presidente Manning sonrió mientras se acercaba a los pilotos. Él era el siguiente. Tres segundos más tarde sería él quien estaría rodeado: la única cazadora negra en medio de un mar en tecnicolor de monos de competición sembrados con los logos de Pepsi, M&M's, DeWalt y Lone Star Steakhouse. Como si hubiese ganado las Series Mundiales, la Super Bowl y la…

Pop, pop, pop.

Eso fue todo lo que alcancé a oír. Tres diminutas detonaciones. Unos cohetes. O el petardeo del tubo de escape de un coche.

—¡Disparos! ¡Disparos! —gritó el tío del Servicio Secreto.

Yo aún estaba sonriendo cuando el primer grito desgarró el aire. El nutrido grupo de pilotos se dispersó rápidamente; corriendo, lanzándose al suelo, invadidos por el pánico.

—«¡Dios les dio poder a los profetas…!» —gritó un hombre con el pelo negro y ensortijado y una voz profunda desde el centro del remolino. Sus diminutos ojos color chocolate parecían estar demasiado juntos, mientras que la nariz bulbosa y las cejas finas y arqueadas le conferían una extraña calidez que, por alguna razón, me recordaba a Danny Kaye. Acuclillado y apoyado en una rodilla y sosteniendo una pistola con ambas manos, el hombre estaba vestido como un piloto de carreras con un mono de competición negro y amarillo brillante.

«Como si fuese un abejorro», pensé.

—«… pero también a los horrores…»

No podía dejar de mirarlo, paralizado. Los sonidos desaparecieron. El tiempo se hizo más lento. Y el mundo se volvió blanco y negro, como en los documentales viejos. Era como el día en que conocí al presidente. Sólo el apretón de manos pareció prolongarse durante una hora. Vivir entre segundos, lo llamó alguien. El tiempo detenido.

Sin poder apartar la vista del abejorro, me resultaba imposible determinar si el hombre estaba avanzando o si todos los que lo rodeaban se alejaban velozmente de él.

—¡Un herido! —gritó el tío del Servicio Secreto.

Seguí con la mirada el sonido de la voz y los movimientos de la mano hasta un hombre vestido con un traje azul marino que yacía boca abajo en el suelo. Oh, no. Era Boyle. Tenía la frente contra el pavimento y el rostro contorsionado en un gesto de extremo dolor. Se aferraba el pecho con ambas manos y alcancé a ver que la sangre comenzaba a formar un charco debajo de su cuerpo.

—¡Un herido! —volvió a gritar el tío del Servicio Secreto.

Mis ojos se desviaron hacia un lado, buscando al presidente. Lo vi justo en el momento en que media docena de agentes secretos vestidos como pilotos corrían hacia la pequeña multitud que ya lo rodeaba. Los desesperados agentes se movieron tan de prisa que las personas que estaban más próximas a Manning quedaron aplastadas contra él.

—¡Sacadlo de aquí! ¡Ahora mismo! —gritó uno de los agentes.

Aprisionada de espaldas al presidente, la esposa del máximo dirigente de la NASCAR comenzó a gritar.

—¡La estáis aplastando! —gritó Manning, cogiéndola por el hombro y tratando de mantenerla en pie—. ¡Soltadla ya!

Pero a los agentes del Servicio Secreto eso les traía sin cuidado. Rodeando al presidente, embistieron a la multitud desde el frente y el costado derecho. Y fue entonces cuando demostraron lo que valían. Como si se tratase de un árbol recién talado, la multitud se desplomó hacia un lado. El presidente seguía luchando para liberar a la esposa del dirigente de la NASCAR. Una luz brillante iluminó fugazmente la escena. Recuerdo el estallido de un flash.

—«… para que la gente pudiese poner a prueba su fe…» —rugió el asesino mientras otro grupo de agentes con monos de competición lo cogían del cuello… del brazo… de la nuca. En cámara lenta, la cabeza del abejorro se dobló hacia atrás, luego su cuerpo, mientras otros dos disparos hendían el aire.

Sentí el aguijón de una abeja en la mejilla derecha.

—«… y separara el bien del mal!» —gritó el hombre con los brazos extendidos como Jesús mientras los agentes lo aplastaban contra el suelo. Alrededor de ellos, otros agentes formaron un estrecho círculo, blandiendo metralletas Uzi semiautomáticas que habían sacado de sus mochilas.

Me di un golpe con la mano en la mejilla, tratando de matar lo que fuese que me hubiera picado. A escasos metros delante de mí, la multitud que rodeaba al presidente chocó contra el asfalto. Dos agentes que estaban en el extremo más alejado cogieron a la primera dama y se la llevaron. El resto no dejó en ningún momento de embestir y empujar, pisando a las personas que estaban tendidas en el suelo mientras trataban de llegar hasta Manning y protegerlo.

Miré el charco de sangre que crecía debajo del cuerpo de Boyle. Ahora su cabeza descansaba sobre un líquido lechoso. Había vomitado.

Desde la parte de atrás del grupo que rodeaba al presidente, el jefe del destacamento del Servicio Secreto y otro agente cogieron a Manning por los codos, lo sacaron del grupo y lo empujaron hacia un lado, directamente hacia mí. El rostro del presidente mostraba una terrible mueca de dolor. Busqué sangre en su ropa pero no vi nada.

Los agentes, acelerando el paso, se dirigieron hacia la limusina. Otros dos agentes estaban justo detrás de ellos y llevaban a la primera dama en vilo, cogida por las axilas. Yo era lo único que se interponía en su camino. Intenté apartarme pero no fui lo bastante rápido. El hombro del jefe de los agentes del Servicio Secreto, lanzado a toda velocidad, impactó contra el mío.

Caí hacia atrás y choqué con la limusina, mi culo golpeó justo encima del neumático delantero derecho. Aún soy capaz de verlo en una especie de cámara lenta: tratando de mantener el equilibrio… apoyando la mano en el capó… y el sonido del impacto. El sonido era tan distorsionado que podía oír cómo el líquido chapoteaba. El mundo seguía siendo blanco y negro. Todo excepto la huella roja que había en mi mano.

Me llevé nuevamente la mano a la mejilla, completamente desconcertado. Se deslizó por la piel, que estaba húmeda, pringosa, dolorida.

—¡Vamos, vamos, vamos! —gritó alguien.

Los neumáticos giraron. El coche dio una sacudida y la limusina se escurrió de debajo de mi cuerpo. Como una lata de refresco lanzada por los aires, caí hacia atrás y me quedé sentado, golpeando el suelo con mis nalgas. La gravilla me mordió la carne. Pero lo único que realmente podía sentir era el dolor en mi mejilla.

Me miré la palma de la mano y vi que tenía el pecho y el hombro derecho empapados. No era agua. Era un líquido más espeso… y más oscuro… rojo oscuro. ¡Oh, Dios! ¿Es mi…?

Estalló la bombilla de otro flash. Lo que veía no era sólo el rojo de mi sangre. Ahora había algo azul… en mi corbata… y amarillo… rayas amarillas en la pista. Estalló otro flash mientras cuchillas de color me herían los ojos. Coches de carrera plateados, marrones, verde brillante. Banderas rojas, blancas y azules abandonadas en las gradas. Un chico rubio que gritaba en la tercera fila con una camiseta anaranjada de los Miami Dolphins. Y rojo… el rojo espeso y oscuro que me cubría la mano, el brazo, el pecho.

Volví a tocarme la mejilla. Mis dedos chocaron contra algo duro. Como metal o… ¿un hueso? Sentí que la náusea me revolvía el estómago. Me toqué otra vez la cara y empujé levemente. Esa cosa no se movía… «¿Qué pasa con mi ca…?»

Otros dos fogonazos me cegaron y el mundo voló hacia mí a velocidad acelerada. El tiempo se detuvo de repente y todo se emborronó.

—¡No siento el pulso! —gritó una voz grave a lo lejos.

Justo delante de mí, dos agentes del Servicio Secreto con traje y corbata levantaron a Boyle, lo colocaron en una camilla y lo llevaron hasta una ambulancia que formaba parte de la caravana presidencial. Su mano derecha colgaba a un lado y sangraba por la palma. Rebobiné hasta el momento previo al paseo en la limusina. Boyle jamás hubiese estado allí si yo no…

—¡Ya está esposado! ¡Abran paso!

A pocos pasos a mi izquierda, más agentes del Servicio Secreto gritaban a la gente, apartándola para llegar hasta el hombre que había disparado. Yo estaba tendido en el suelo, esforzándome para ponerme en pie, preguntándome por qué todo estaba tan borroso.

—¡Socorro…! —grité, aunque de mis labios no salió sonido alguno.

Las gradas se movían como si fuese un calidoscopio. Caí hacia atrás chocando contra el suelo y quedé tendido allí, con la palma de la mano aún apoyada en el metal resbaladizo de mi mejilla.

—¿Alguien puede…?

Las sirenas sonaban, pero la intensidad del sonido no aumentaba, sino que disminuía. Pronto comenzó a apagarse. La ambulancia de Boyle… «Alejándose… Me abandonan…»

—Por favor… ¿por qué no…?

Una mujer lanzó un grito en un perfecto do menor. Su alarido atravesó la multitud mientras yo miraba el despejado cielo de Florida. «Fuegos artificiales… se suponía que tendríamos fuegos artificiales. Albright estará furioso…»

Las sirenas se convirtieron en un pitido apenas audible.

Intenté levantar la cabeza, pero no pude. Un último fogonazo y el mundo se volvió completamente blanco.

—¿Por… por qué nadie me ayuda?

Aquel día, por mi culpa, Boyle murió.

Ocho años más tarde, Boyle resucitó.

2

Ocho años más tarde Kuala Lumpur, Malasia

Algunas heridas nunca se cierran.

—Damas y caballeros, el ex presidente de Estados Unidos, Leland Manning —anuncia nuestro anfitrión, el vicepresidente de Malasia. Me estremezco al oír esas palabras. Nunca se debe decir «ex». Es «anterior». El
anterior
presidente.

El vicepresidente lo repite en mandarín, cantones y malayo. Y, en cada una de esas ocasiones, las únicas palabras que entiendo son Leland Manning…
Leland
Manning… Leland
Manning
. Por la forma en que Manning se tira del lóbulo de la oreja y simula mirar detrás de sí, está claro que las únicas palabras que oye son «ex presidente».

—Aquí tiene, señor —digo, al tiempo que le entrego una caja de cuero del tamaño de una carta que contiene las páginas de su conferencia. Tengo fiebre, 38 grados, y acabo de volar durante once horas durante las cuales no he podido dormir ni un minuto. Gracias a la diferencia horaria es como si fuesen las tres de la mañana. Pero esa circunstancia no hace mella en Manning. Los presidentes están hechos para correr veinticuatro horas al día. Sin embargo, no es el caso de sus ayudantes—. Buena suerte —añado mientras aparto las cortinas de color borgoña y Manning aparece por el lado derecho del escenario.

El público se pone en pie y lo ovaciona. Manning agita en el aire la carpeta con la conferencia como si llevase allí los códigos nucleares. De hecho, solíamos llevarlos con nosotros. Un ayudante militar nos seguía a todas partes con los códigos en un maletín de cuero conocido como El Balón.

Actualmente no tenemos ningún ayudante militar… ni El Balón… ni una caravana presidencial… ni miles de personas que llevarán por nosotros faxes y limusinas blindadas. Hoy, aparte de un puñado de agentes del Servicio Secreto, yo tengo al presidente y el presidente sólo me tiene a mí.

Cuatro meses después del intento de asesinato, el presidente Manning perdió la reelección y nos echaron a todos de la Casa Blanca. Irnos ya fue bastante malo —nos quitaron todo… nuestros trabajos, nuestras vidas, nuestro orgullo— pero el porqué… el porqué es lo que nos atormenta.

Durante la investigación que llevó a cabo el Congreso después del intento de asesinato, los capullos del Capitolio se mostraron más que ansiosos por encontrar cualquier fallo de seguridad que se hubiese cometido, desde el agente del Servicio Secreto en Orlando que había sido detenido para practicarle un control de alcoholemia dos días antes de la visita del presidente… hasta los inexplicables fallos que permitieron que el asesino pudiese superar los controles de seguridad… hasta el hecho de que el médico personal del presidente se hubiese equivocado con el grupo de sangre que llevaba la ambulancia. Ninguno de estos errores tenía la menor importancia. Pero había uno que sí la tuvo.

Después de que John Hinckley le disparase al presidente Reagan en 1981, el índice de aprobación de Ronald Reagan ascendió al 73%, la cifra más alta alcanzada en sus ocho años de mandato. Después de aquel fatídico día en el circuito de carreras de Florida, el índice de aprobación de la gestión de Manning descendió en picado, hasta un deprimente 32%. La única culpable fue la foto.

Las fotografías perduran. Incluso en medio del caos, los fotógrafos se las ingenian para disparar sus cámaras y captar una imagen. Algunas fotos, como la de Jackie Kennedy en el momento del atentado a JFK, muestran un horror absoluto. Otras, como la de Reagan, sorprendido en un gesto de absoluta sorpresa durante el tiroteo, muestran el poco tiempo que tiene cualquiera para reaccionar. Es lo único que los políticos no pueden modificar. Ellos pueden manipular sus políticas, sus votos… incluso sus antecedentes personales, pero las fotografías… las fotografías raramente mienten.

De modo que cuando nos enteramos de la existencia de la fotografía en cuestión —una nítida instantánea del presidente Manning en mitad de un grito… detrás de la esposa del presidente de la NASCAR… con la mano apoyada en su hombro mientras era arrastrado hacia atrás por los agentes del Servicio Secreto… y lo mejor de todo, tratando de ayudar a sacar a esa mujer de la aplastante multitud— pensamos que habíamos alcanzado los números de Reagan. El León de América en mitad de su rugido.

Entonces vimos la foto. Y también la vio Estados Unidos. Y ellos no vieron a Manning empujando a la esposa del presidente de la NASCAR hacia adelante. Ellos vieron al presidente detrás de ella… cubriéndose con un escudo humano. Recurrimos a la esposa del máximo dirigente de la NASCAR, quien intentó explicar que no era lo que parecía. Demasiado tarde. Quinientas portadas más tarde, había nacido el León Cobarde.

—Grrrr… El rugido del león —susurró Manning en el micrófono con una sonrisa irónica mientras aferraba los laterales del atril.

Cuando el ex presidente Eisenhower yacía en su lecho de muerte, miró a su hijo y a uno de sus médicos y dijo: «Levantadme —lo incorporaron—. Venga, fortachones —refunfuñó Ike—, más arriba. —Lo incorporaron.» Él sabía lo que iba a ocurrir. Murió pocos minutos más tarde. Todos los presidentes quieren marcharse dando una sensación de fortaleza. Manning no es diferente.

Volvió a rugir, esta vez más débilmente. Pasaron tres años antes de que pudiese hacer esa broma. Hoy consigue risas y aplausos, que es la razón por la que comienza así todas las conferencias pagadas que pronuncia.

Ahora está bien hacer bromas. El público incluso las espera: ellos no pueden olvidarlo hasta que tú no lo haces. Pero como pude aprender durante mi primera semana en el trabajo, que el presidente se esté riendo no significa que se esté riendo. Aquel día en la pista de carreras, Manning perdió mucho más que la presidencia. También perdió a uno de sus amigos más queridos. Cuando sonaron los disparos, el presidente… yo… Albright y todos los demás nos lanzamos al suelo. Boyle fue el único que nunca volvió a levantarse.

Aún puedo ver el charco lechoso extendiéndose debajo de su cuerpo mientras yacía boca abajo contra el suelo. Puedo oír las puertas de la ambulancia que se cierran como la bóveda de un banco… las sirenas que se diluyen en un agujero negro… y los sollozos entrecortados de la hija de Boyle, tratando de mantener la entereza durante las palabras pronunciadas en el funeral de su padre. Ése fue el momento más duro, y no sólo porque su voz temblaba de tal modo que apenas si podía conseguir que los sonidos saliesen de su boca. La hija, que acababa de entrar en el instituto, tenía la misma entonación que su padre. Las «s» sibilantes y las «o» cortas de Florida. Cuando cerraba los ojos, sus palabras sonaban como si el espectro de Boyle estuviese hablando en su propio funeral. Incluso aquellos críticos que una vez utilizaron los arrestos de su padre para llamarle «una oveja negra en la administración» mantuvieron sus bocas cerradas. Además, el daño ya estaba hecho.

El funeral fue televisado, por supuesto, algo que agradecí por una vez, ya que las operaciones y el daño sufrido en mi rostro hacían que estuviera contemplando el espectáculo desde mi habitación en el hospital. De una manera retorcida, era incluso peor que estar allí, especialmente cuando el presidente se levantó para pronunciar el panegírico final.

Manning siempre memorizaba las primeras líneas de sus conferencias, ya que era mejor mirar al público a los ojos. Pero aquel día en el funeral… Aquello fue diferente.

Nadie más lo vio. En el estrado, el presidente tenía el pecho echado hacia adelante y los hombros hacia atrás en una exhibición consciente de fuerza. Miró a los periodistas que se alineaban junto a las paredes traseras de la atestada iglesia. A las personas que estaban de luto. A su personal. Y a la esposa de Boyle y a la ahora desconsolada hija.

—Venga, jefe —susurré desde mi habitación en el hospital.

Las fotografías del León Cobarde ya habían sido profusamente publicadas. Todos sabíamos que eso significaba el fin de su presidencia pero, en aquel momento, era sólo el fin de su amigo.

«Manténgase firme», imploré.

Manning frunció los labios. Sus ojos grises se entrecerraron. Yo sabía que había memorizado las primeras frases de su conferencia. Memorizaba las primeras frases de cada una de sus conferencias.

«Puede hacerlo…»

Y entonces el presidente Manning bajó la vista. Y leyó la primera frase de su conferencia.

Entre el público no se produjo ninguna expresión de asombro. No se escribió ningún artículo sobre ese momento. Pero yo lo sabía. Y también lo sabía todo su personal, a quienes yo veía agrupándose casi de modo imperceptible cuando las cámaras enfocaban hacia el público asistente.

Aquel mismo día, para añadir otro navajazo a nuestros cuellos, el hombre que había matado a Boyle —Nicholas Meo Hadrian— anunció que, si bien había disparado varias veces al presidente, nunca tuvo intención de matarlo, y que sólo había sido una advertencia por aquello que él llamaba «el intento del culto masónico secreto de hacerse con el control de la Casa Blanca en nombre de Lucifer y sus hordas infernales». No es necesario aclarar que, tras alegar demencia, Nico fue ingresado en el hospital St. Elizabeth, en Washington, D.C., donde permanece hasta la fecha.

En última instancia, la muerte de Boyle significó la peor crisis a la que nos habíamos enfrentado… Un momento en el que, por una vez, algo era más grande que la Casa Blanca. La tragedia sirvió para acercar a todo el mundo. Y yo contemplé la escena solo, desde mi habitación del hospital, a través del único ojo con el que podía ver.

—Es muy divertido —dice el vicepresidente, un hombre que frisa los cincuenta años y con un ligero problema de acné.

Parece casi sorprendido cuando se reúne conmigo y Mitchel, uno de nuestros agentes del Servicio Secreto, entre bastidores. Mira a Mitchel, luego se da la vuelta delante de mí y se vuelve para estudiar el perfil del presidente. Después de todo el tiempo que llevo como ayudante no me lo tomo como algo personal.

—¿Hace mucho que trabaja con él? —me pregunta el vicepresidente, bloqueando aún mi visión.

—Casi nueve años —susurro. Parece un montón de tiempo para ser solamente un ayudante, pero la gente no lo entiende. Después de lo ocurrido… después de lo que hice… y lo que provoqué… no me importa lo que digan. Si no hubiese sido por mí, Boyle jamás habría subido a esa limusina aquel día. Y si él no hubiese estado allí… Cierro los ojos con fuerza y visualizo el lago ovalado y mi viejo campamento de verano. Exactamente como mi terapeuta me dijo que hiciera. Me ayuda durante un segundo pero, como aprendí en el hospital, eso no cambia lo sucedido.

Hace ocho años, cuando Boyle me estaba gritando a la cara, yo sabía que el presidente no tendría tiempo para hablar con él en la limusina durante un trayecto que sólo duraba cuatro minutos. Pero en lugar de aceptar sus pullas y simplemente incluirlo en la agenda para otro momento, decidí evitar el dolor de cabeza que eso significaba y lanzarle el único hueso que sabía que él no dejaría escapar. Y también me mostré jodidamente engreído. Agité al presidente delante de sus narices sólo para quitármelo de encima. Esa decisión le costó la vida a Boyle. Y destruyó la mía.