los días de gloria

 

Si en
Memorias de un preso
Mario Conde reflexionaba con lucidez sobre sus años en prisión y los motivos que le llevaron a ella, y diseccionaba con precisión todos los complots y maquinaciones que se urdieron en su contra, en
Los días de gloria
, una obra profunda y de largo aliento, cuenta cómo cambió la vida de un joven que, con apenas 24 años, pasó de ser número 1 de su promoción como abogado del Estado a convertirse, con solo 39, en presidente de uno de los siete bancos más prestigiosos de nuestro país, Banesto. Entre medias, la propuesta que le hicieron para entrar a formar parte de la masonería, las conversaciones privadas con Don Juan y con el Rey o los primeros contactos con la familia Botín. Pero más importante aún será descubrir en estas páginas lo que puede denominarse como «los abusos del poder del Estado»: la trama del Grupo Prisa, con Jesús de Polanco a la cabeza, para hacerse con todas las acciones de la cadena Ser y controlar Antena 3; el pacto urdido entre Felipe González y José María Aznar para intervenir Banesto y provocar la salida de la presidencia de Conde; la constante y obsesiva persecución a la que fue sometido tras los primeros contactos que mantuvo con Javier Godó para comprar
La Vanguardia
; la conspiración pergeñada desde la Zarzuela para romper su relación con el padre del Rey o la noche en la que un eufórico Aznar entró en el salón de su casa madrileña gritando frente a varios comensales: «En unos días nos cargamos a Mario Conde».

Mario Conde

Los días de gloria

ePUB v1.0

Elle518
17.07.11

Mario Conde, 2010.

A Lourdes, que siempre estuvo a mi lado

en este sendero vital

A mis hijos, Mario y Alejandra

A todos los que me ayudaron

sin arrendar su dignidad

A María, que me ayuda a encontrar la serenidad

necesaria para escribir este libro

Introducción

—Por favor, venid a mi despacho César, Vicente y tú porque tengo que deciros algo importante.

—De acuerdo, iremos —contestó Enrique Lasarte.

La llamada de Juan Sánchez-Calero, mi abogado en el proceso Banesto, a Enrique Lasarte revestía un cierto tono lastimero que se percibía con nitidez al escuchar el arrastre de sus palabras. Y no era para menos. Los elegidos para esa misteriosa reunión eran tres personas capitales. Enrique Lasarte, con independencia de ser mi amigo desde la época universitaria en Deusto, era consejero delegado de Banesto el día en el que el Gobierno de González y la oposición de Aznar decidieron intervenir Banesto a través del Banco de España. César Mora, consejero y miembro de la Comisión Ejecutiva del banco, era la tercera generación al frente de la institución y su influencia en la casa era notoria. Vicente Figaredo, perteneciente a las familias Figaredo/Sela, accionistas de importancia en Banesto, también formaba parte del Consejo y de la misma Comisión Ejecutiva. En este último concurría, además, la circunstancia de ser primo carnal de Rodrigo Rato, número dos del PP y portavoz de asuntos económicos. Cuando se produjo esa llamada telefónica habían transcurrido algunos meses desde el 28 de diciembre de 1993, día de la intervención del banco, pero no se vislumbraba en el horizonte una actuación penal contra nosotros.

—Lo que quiero deciros me produce cierta…, no sé cómo llamarlo, no sé si vergüenza, congoja... En fin...

Enrique, César y Vicente escuchaban con alguna inquietud esas palabras del abogado sin ser capaces de descifrar las razones ocultas que le provocaban la perceptible angustia.

—He tenido un encuentro con Fanjul Alcocer, el secretario general y responsable de asuntos jurídicos del Banco de España. Me llamó para que fuera a verle y acudí. Supongo que sabéis que es quien lleva la responsabilidad jurídica de todo el tema de la intervención, ¿no?

Claro que lo sabían. Era el hombre que entregó aquellos papeles redactados de urgencia el día 28 de diciembre a Mario Conde, en el despacho de un atribulado gobernador Rojo, escondido en una esquina fumando sin parar, y en presencia de un sonriente Miguel Martín, teórico subgobernador y efectivo ejecutor material de las decisiones adoptadas. Pero en ese momento lo que importaba era el mensaje, recibir la buena o mala nueva, así que los tres afirmaron el conocimiento del sujeto en cuestión con un movimiento de cabeza. Sobraban las palabras.

—Bueno, pues me ha dicho... Quiero deciros que os lo transmito porque tengo obligación de hacerlo, aunque me resulta más que incómodo... Lo hago para cumplir con mi responsabilidad de abogado...

Tanta zozobra al hablar, tanta introducción exculpatoria en una persona directa, seria e inteligente como Juan Sánchez-Calero, presagiaba que el contenido del mensaje revestiría una carga de profundidad, pero ¿en qué dirección?

—Bueno... pues me ha dicho que os transmita..., que os diga que... que si hacéis una declaración pública manifestando que el banco, que Banesto estaba muy mal, que la intervención estaba justificada y que el culpable de todo es Mario Conde, en ese caso no tenéis que preocuparos de nada y que seréis debidamente recompensados.

Silencio.

Un manto de silencio denso en el que casi costaba respirar.

El abogado trató de observar los rostros de los tres afectados por el mensaje, con aroma de coacción, que les acababa de transmitir en nombre y por cuenta de una institución como el Banco de España.

En cualquier otro momento los tres habrían pensado que Juan Sánchez-Calero, hombre cabal donde los haya y prudente discípulo de Baltasar Gracián, había sufrido algún tipo de trastorno mental de origen desconocido. Pero ya habían vivido los desperfectos causados por la intervención del banco. Conocían algunas actitudes no demasiado edificantes de ex consejeros de Banesto... Percibían con claridad que la opinión pública no encajaba la artificial construcción que los medios de comunicación pregonaban al dictado ad náuseam. En ese escenario algo así era comprensible, aunque el fondo tenía tal carga de brutalidad que con todo y eso dejaba anonadado a cualquiera con un mínimo de sensibilidad.

Inevitable formularse para el interior de cada uno alguna pregunta de un tenor parecido a ¿en qué país vivimos? ¿Cómo es posible semejante mensaje procedente del Banco de España? ¿Quién gobierna esa institución?

Ahora el manto de silencio que cubría la sala de juntas del despacho del abogado tenía mayor intensidad incluso que al comienzo, pero su estructura molecular sufrió una mutación cualitativa. Ninguno de los tres pronunció palabra alguna durante segundos que parecieron extenderse por minutos de un tiempo emocional.

—¿Es todo, Juan?

César tomó la palabra después de un cruce de miradas con Vicente y Enrique en el que se percibió el acuerdo entre los tres, acuerdo que no necesitaba de verbalismos para expresarse.

—Sí..., es todo... Es un mensaje oficial, pero sí, eso es todo...

—Gracias, Juan.

Los tres se levantaron y abandonaron el despacho del abogado. Creyeron percibir en sus ojos un brillo diferente. Cuando comenzó a hablar transmitían estupefacción y zozobra. Ahora parecían verter al exterior algún sentimiento muy parecido a la alegría.

Poco tiempo después, Lasarte, Mora y Figaredo fueron incluidos en una querella criminal que confeccionó el Banco de España. Otros consejeros fueron excluidos de ella. El 29 de julio de 2002, Enrique Lasarte ingresaba conmigo en la cárcel de Alcalá-Meco. Su mujer, María José de Launet, le visitó en prisión con la dignidad de quien conoce la verdad. La Audiencia Nacional le absolvió de cometer «artificios contables», pero el Tribunal Supremo revocó la sentencia y le condenó a cuatro años de prisión. Algunos dicen que el Banco de España consiguió convencer al magistrado suplente, Martín Pallín, de que esa condena resultaba imprescindible para dar apariencia de legitimidad a la intervención de Banesto.

En agosto de 2010, primero con César Mora y después con Enrique Lasarte, recordaba este momento. No pude hacerlo con Vicente Figaredo porque falleció en agosto de 2008 víctima de un tumor pulmonar. Su muerte me causó un gran dolor.

—Era la prueba del nueve de la atrocidad de la intervención —decía Enrique Lasarte—. Si hubieran tenido razón, ¿para qué habrían necesitado semejante cosa? Precisamente porque aquello fue un atropello es por lo que reclamaron declaraciones públicas nuestras justificando su brutalidad. Y decían estar dispuestos a retribuirnos... En fin...

César, que en esos días se encontraba en Santander, me añadía por teléfono:

—Tenías que ser el malo a cualquier precio. Necesitaban un banco en malas condiciones y un único responsable, como si un banco como Banesto dependiera de la voluntad de una persona sola... Pero así querían que fuera la cosa de cara a la opinión pública... He querido dar comienzo a este libro con ese brutal momento porque a lo largo de sus páginas pueden comprobarse comportamientos muy poco edificantes que seguramente dejarán un sabor amargo sobre algunos trozos de la sociedad española y ciertos protagonistas de estos largos y en gran medida dolorosos años.

He meditado mucho acerca de su publicación. He esperado paciente el momento en el que su contenido causara un ínfimo daño. Los acontecimientos que aquí se relatan tienen antigüedades que, como mínimo, superan los quince años y algunos sobrepasan los treinta. Es tiempo que permite incluso ver la luz a los mejores secretos de Estado, que no es el caso de este libro, por cierto.

Creo que tengo no solo el derecho, sino el deber moral de escribirlo. Lo primero, porque si otros han relatado sin pudor alguno lo que decían ser mi vida, ¿por qué yo he de ser de peor condición para contar con detalle los hechos como sucedieron? Carece de sentido. Pero, además de ese derecho, entiendo que me asiste una obligación moral.

Vivimos un momento crucial en la sociedad española. Me atrevo a decir que en todo Occidente y hasta en el mundo como globalidad. La crisis que nos asola es descomunal. No se trata, por supuesto, de un episodio cíclico propio del ritmo evolutivo de la economía. Va mucho más allá. No es un tópico, sino una afirmación incontestable, que en el fondo de nuestra situación lo que late es una verdadera crisis de valores. El andamiaje valorativo con el que hemos edificado nuestra convivencia es lo que en realidad ha fracasado, y el fracaso se mide no solo en términos de paro, quiebras, concursos, desempleo, sino, sobre todo, en la percepción del tipo de hombre que surge como resultado de los esquemas educativos, valorativos y convivenciales de estos años.

En muchas ocasiones he dicho que no creo en las palabras de los hombres. Ni siquiera en sus hechos aislados porque cualquiera es capaz de una heroicidad en un momento dado. Solo creo en las conductas. Y de eso trata este libro, de las conductas de una serie de personas que protagonizamos, con mayor o menor medida y alcance, un momento decisivo de la vida española. Y esas conductas se ejecutan en ámbitos financieros, económicos, políticos y mediáticos, pero asumiendo que esta disección es más conceptual que otra cosa, porque lo que evidencia este libro —al menos eso espero— es que en nuestra sociedad el poder funciona como un todo en el que las disecciones conceptuales tienen solo un valor referencial, de forma si se quiere, pero no de verdadera sustancia.

Y la conducta evidencia un fracaso. Quien analice dónde estamos comprenderá que no es un abuso calificar la situación como un fracaso. Se mire por donde se mire. ¿Que hemos progresado en algunos aspectos? Solo faltaba... En lo material y en determinados ámbitos la mejora es evidente, pero ¿se trata solo de eso? ¿Hablamos solo de euros per cápita?

No, no creo que tengamos una sociedad mejor. Al contrario. Los problemas de 2010 son en una enorme medida los mismos que ya nos asediaban en 1993, solo que agravados, más acentuados en sus costados de mayor dolor. Y si eso es así, como así creo que es, es debido a eso que llamo el fracaso colectivo. Entre todos, unos más y otros menos, pero entre todos hemos construido, por acción u omisión, lo que ahora tenemos. No supimos, creo, estar a la altura de las circunstancias que definían la época que nos tocó vivir. Algunos de los que aquí cito han fallecido. Otros han perdido su poder, el que entonces ejercían. Algunos imperios, como el caso de Prisa, pelean por intentar subsistir. Instituciones como la Judicatura y los partidos políticos alcanzan cuotas valorativas negativas entre los españoles. La clase política genera rechazo..., en fin, lo que todos sabemos. Pero lo que no sabemos es cómo y en qué manera hemos contribuido los que allí estábamos a este resultado.

El objetivo de este libro es ayudar a entendernos a nosotros mismos. La vieja frase de que los pueblos que ignoran su historia se ven obligados a vivirla de nuevo es real como la vida misma, y en ese noray atenazo la decisión de publicar estas páginas, cuando el tiempo transcurrido y los acontecimientos que evidencian dónde estamos nos permiten sin acritud, ni venganza, ni odio, ni ninguno de esos venenos del alma, asomarnos a aquellos años de los que traen causa algunos de nuestros desperfectos sociales. Ojalá que sirva para entendernos y tratar de mejorar nuestra convivencia.

En algunas ocasiones he escrito y sentido por dentro que el individuo, ese producto al que llamamos hombre, dejaba mucho, pero mucho que desear. Al fin y al cabo, somos los valores con los que edificamos nuestro interior, y por ello una vez ajustados a lo conveniente como principio rector de nuestra conducta, el surco que trazamos sobre nuestras vidas es capaz de producir espanto en demasiados casos.

Pero son comportamientos como los de Enrique Lasarte, César Mora y Vicente Figaredo los que permiten seguir creyendo en el ser humano. No pensaron en fidelidades personales, ni siquiera institucionales. Simplemente, no aceptaron aquella vergonzosa propuesta por ser fieles consigo mismos, con su propia dignidad, con su historia, su pasado, su presente y su futuro. Querían en ese momento seguir siendo ellos sin arrendar dignidades, por alto que fuera el precio que tuvieran que pagar. No era conveniente, desde luego, decir que no a la propuesta de Fanjul Alcocer. Conveniente no era, pero rechazarla era simple, sencilla y llanamente un ejercicio de dignidad.

A ellos mi agradecimiento, como consejeros, como amigos, pero sobre todo como personas, por ayudarme a seguir creyendo que el ser humano es capaz de albergar comportamientos dignos incluso en circunstancias en las que sientes que la presión de todo un Estado, que tiene que justificar lo injustificable, se extiende sobre tu vida, libertad, hacienda y la de tus familias.

Gracias a Paloma Aliende, que no quiso aceptar aquella propuesta de seguir en el banco porque disponía de mucha información, según le dijeron... Pidió su cuenta y se fue sin siquiera una indemnización.

Gracias, también, a aquellos otros que vivieron conmigo estos años sin arrendar su dignidad.

Mis padres, hermanas, mis hijos, Lourdes Arroyo, mi primera mujer, y demás familia de sangre han tenido un comportamiento verdaderamente ejemplar, demostrando que ser familia es algo más, mucho más, que compartir una documentación oficial en un Registro Civil.

Otras personas que no vivieron en Banesto durante el periodo en el que fui presidente, que nunca recibieron ni una sola prebenda, ni siquiera un favor, han mostrado estos años comportamientos ejemplares que, en el mejor de los casos, les han traído costes personales sin más beneficio —si es que eso puede llamarse así— que mi amistad incondicional y mi cariño sincero. Años en los que con Gonzalo Ozores y Mercedes, con Iván Mora y Elena, con Gabriel Domenech y María, con Fernando Chillón y Maricarmen, con Jaime Alonso y Arantxa, hemos recorrido en innumerables conversaciones episodios que aquí relato. Ellos me ayudaron mucho a vivir en paz durante estos largos años, y, como digo, a seguir creyendo en el ser humano. Gracias a ellos he construido el concepto de familia de afectos que no desmerece en intensidad de la tradicional basada en la sangre. Y no solo me ayudaron en el terreno afectivo y espiritual, sino que, además, aportaron dinero para mis fianzas carcelarias, como hizo José Alonso, o, como en el caso de Luis Oliver, se ocuparon a su costa y de manera desinteresada de mis problemas de seguridad personal. En fin, la lista no es muy larga, pero muy intensa en calidad, y mi agradecimiento se hace extensivo a todos los que en este sentido aparecen citados en estas páginas.

1

«Lo del Rey parece grave, Mario. No tiene sentido tanta urgencia en operarle en Barcelona, casi con nocturnidad. Parece ser que llegó a la clínica a las siete y media de la mañana... Pueden ocurrir muchas cosas. Hay que pensar y prepararse.»

El sonido característico de un mensaje de texto que acababa de entrar en mi móvil, ese ruido que parece formar parte de nuestro equipaje ordinario del diario vivir moderno, me pilló totalmente concentrado en mis propios pensamientos, con ese grado superior de atención que proporciona el sentir asombro y tristeza mientras cavilas sobre los acontecimientos que te rodean. Sentí pereza. Decidí esperar para leerlo. Aquella mañana había amanecido claro en A Cerca.

Desde el vestidor de nuestro dormitorio contemplaba la silueta silente de la torre convertida en frontera y protección de ese mi mundo reciente en tierras gallegas. Un sueño, el de retornar, que dicen ser tan característico de los que traemos sangre confeccionada con los materiales genéticos que habitan más allá de las Portillas de Padornelo y A Canda. Almas gallegas que aseguran preñadas de nostalgia, pero, al menos para mí, no solo de nostalgia nacida del retornar por el retorno, que no es poco, sino por volver a vivir en una tierra de la que no quisimos salir. Nostalgia compuesta de futuro, que no de pasado. Nostalgia nacida del deseo de recuperar la libertad perdida de no poder habitar plenamente en tu propia tierra. Por ello, en ese sentido profundo de libertad, se alberga la que llaman natural tristeza del alma gallega. Tal vez en esta ansia de libertad de vivir allí de donde vienes, se encuentre el origen de la resignación de la vieja frase que pronuncian los ancianos cansados de vivir: «El cuerpo pide tierra, paisano». «Morir donde viviste, paisano.»

Durante el invierno, todos los días, o casi todos, apenas si podía vislumbrar la silueta de la torre, envuelta en la capa gris de las nubes bajas a las que llaman niebla. En cada amanecer invernal, el patio de A Cerca se convertía en un entorno fantasmal confeccionado a golpe de paredes de piedra gallega, suelos adoquinados, columnas silentes, hierros viejos y sobre todo un agua de suave cadencia, y niebla, mucha niebla. Uno siente en presencia de ese marco de existencia la vida real de nuestras fantasmales meigas. Pero aquella mañana, la del mensaje de texto, por alguna extraña razón, porque lo extraño es lo no corriente, amaneció claro por el naciente, el que viene desde O Penedo dos Tres Reinos, el que nos trae a estos lares de mil metros de altura, preñados de centenarios castaños, una luz sin estridencias, que ilumina piedras, hierros, suelos, tejas y casas siguiendo un singular compás de una música lejana. O no tan lejana, porque arriba, en lo más alto del cerro en el que se edificó la casa que domina el pueblo de Chaguazoso, allí, cuentan, hubo un castro, de esos que inundan la geografía gallega. Pero parece como si este castro, el de ahora, el que mira silente a Castilla, Galicia y Portugal, testimoniando el artificio llamado frontera, fuera un castro habitado por músicos capaces de atraer luces y aguas, sin violencia, envueltos en el compás de una música calma. Niebla suave, lluvia calma, piedra quieta... Parecería que por aquí los dioses de Paracelso no gustaran de la violencia.

Pero en Europa un tipo de violencia se instalaba: la financiera. El diseño de los burócratas que se autoasignaron el calificativo de inteligencia ortodoxa parecía no resistir los vientos de la realidad. Grecia agonizaba financieramente. Y Europa parecía no creer en sí misma. No en la Europa del Camino de Santiago, sino en la de los edificios metálicos de Bruselas. No en el tejido cultural confeccionado con la diversidad de sus pueblos y culturas, sino en la voluntad de equipararnos con los fórceps de un intelecto que parecía ser cliente predilecto de la cultura de papel dedicada a ningunear la realidad de la historia. La soberbia del poder, de cualquier forma de poder, pero sobre todo el poder político que se siente ungido de inteligencia, es realmente enciclopédica.

Me sentí mal. Era evidente que algo de esto tenía que suceder. Hace muchos, casi dieciséis años, allá por 1994, en el momento en que me encarcelaron por vez primera, ya había dejado constancia escrita de esta vocación de posible naufragio de un barco financiero confeccionado sobre todo con materiales genéticos nacidos de la soberbia. Llegaba la hora del lamento y, curiosamente, yo soñaba con que arribara a este puerto la esperanza. Leía en la prensa que los de Bruselas, a disgusto, decidieron decir al mercado, a esa entelequia a la que atribuyen males o bienes según la conveniencia política del momento, que se gastaría el dinero que fuera, incluso la monstruosa cantidad de 750 000 millones de euros, en defender el euro como moneda... El mercado no les creía. No es cuestión de dinero, de fiducias monetarias, sino de realidad. A pesar de los tonos épicos de los políticos anunciantes de esa buena nueva, en aquella mañana clara en A Cerca pensaba que viviríamos un nuevo episodio, otro y otro, hasta que decidieran asumir lo real como presupuesto de convivencia. Porque todo se puede confeccionar con la única condición de edificarlo sobre un suelo de realidad. De eso que, con sentido profundo, los budistas llaman Maya.

Aparqué como pude mis pensamientos sobre estas materias. Tomé el teléfono en mi mano y accioné el botón que libera los mensajes recibidos. Era de Jesús Santaella, el abogado. Se hacía eco de la noticia de la mañana: el Rey estaba siendo operado de una mancha en el pulmón. Ciertamente, como decía de forma lacónica en su texto, eso de que a don Juan Carlos lo ingresen de urgencia, llegue a un hospital a horas intempestivas de la mañana, con parte de su familia oficial fuera de España, asistido en exclusiva de cargos oficiales de su Casa, no presagiaba nada bueno.

Desde primera hora de la mañana leía en internet las referencias de prensa. Cautelosas al máximo. Parecía como si de repente todos se percataran de la importancia del Rey. Y no era para menos. Con lo que sucedía por Europa, con una crisis financiera de consecuencias imprevisibles, con un sistema que se desmoronaba ante la mezcla de impotencia y rabia de sus arquitectos intelectuales, con una España insolidaria, endeudada hasta las cejas, con cifras de paro más allá de lo humanamente tolerable, con una discusión larvada —o no tanto— sobre la forma de nuestro Estado, que ahora nos cayera encima la muerte de don Juan Carlos, anunciada a través de un diagnóstico casi mortal de necesidad como es el cáncer de pulmón, nos llevaría por un sendero que amenazaba con incertidumbres de grueso calado nuestra inmediata convivencia. La muerte del Rey parecía preocuparnos mucho, pero no por él, sino por nosotros... Como casi siempre.

¿Tendría cáncer el Rey? No había forma de adivinarlo. Por pura prudencia las noticias referidas a su salud se confeccionaban con palabras preñadas de cautela. Y de una esperanza temblorosa, la nacida del miedo secular a lo inmediato desconocido, porque se teme lo que se ignora, si se presume negativo. Busqué información escondida entre las líneas de quienes se atrevían a escribir algo. Encontré dos palabras. Una, muy técnica: PET. Otra igualmente propia del metalenguaje médico: captación.

Imposible evitar el recuerdo. Inútil intentar alejarlo. Cuando el recuerdo conduce a emociones ancladas en el alma con la fuerza del sufrimiento, la pelea racional por alejarlo, por fagocitar el estímulo potente que lo trae a la superficie del consciente, es tan inútil como devastadora. Y demoledora fue mi pelea con el tumor cerebral que se instaló en Lourdes Arroyo en el verano de 2006 y que acabó con su vida, y con más de treinta años de matrimonio, la madrugada del 13 de octubre de 2007. También fue un día claro y limpio. También ese día el Rey ocupó un espacio de mi vida.

No sé si las personas que oficialmente se encuentran en el llamado coma irreversible carecen, como afirma la ciencia oficial, de comunicación con el exterior. Aparentemente su consciente ya no refleja conexión con el mundo externo. Pero lo cierto y verdad es que no sabemos qué sucede en sus adentros. Es más que probable, al contrario de lo que asegura la ortodoxia, que puedan percibir informaciones y vivencias aunque el cuerpo físico carezca de posibilidades de reconocerlo externamente. No tiene el individuo en tal estado plenitud de lenguaje corporal, en ninguna de sus manifestaciones usuales. Pero eso no equivale necesariamente a que se produzca ruptura total de comunicación.

Lo cierto es que cuando los niveles de oxígeno que marcaba la máquina que medía el acontecer físico de Lourdes se situaron por debajo de los umbrales del vivir, convirtiéndose en señal inequívoca del caminar hacia la muerte, le pedí con voz compuesta de susurro mientras pegaba mis labios a su oído derecho que resistiera, que aguantara, que esperara al alba, porque se presagiaba limpia. No sé si me oyó, pero para sorpresa de los médicos, casi para su estupor, el corazón de Lourdes, poco después de concluida mi súplica, comenzó a latir a una velocidad inusitada. Llegó casi a las ciento sesenta pulsaciones. El esfuerzo interior resultaba descomunal. Al agitar la víscera a la que llamamos corazón con tanta intensidad, conseguía introducir mayor carga de oxígeno en el cuerpo, así que elevaba los niveles, los umbrales necesarios para la subsistencia. Llegó al indicador del 60 por ciento.

La enfermera del Ruber penetró en la habitación con ojos que evidenciaban una sorpresa ya casi pariente del temor puro. No necesitó hablar. Sabíamos que venía en ese estado porque algo no le cuadraba en los terminales de la máquina que controlaba desde su puesto de mando. No encajaba que el corazón de Lourdes pudiera alcanzar semejante ritmo. Sobre todo porque llevaban varios días, casi una semana, anunciándome, con toda clase de explicaciones técnicas, la inmediatez irreversible de su muerte.

Ni una palabra. La máquina se encontraba en el costado izquierdo de la cama. Se aproximó cautelosa a ella. Miró a Lourdes, inmóvil, gesto sereno, sensación de plenitud, de calma, mientras, curiosamente, el ritmo de su corazón físico se aceleraba. Salió de la habitación con el rostro casi del mismo color que su bata blanca, envuelta en silencio, preñada de asombro, asustada. Nos dejó sin recomendarnos nada. Eran más o menos las tres de la mañana. Así transcurrió la noche. Cuando el nivel de oxigenación descendía de nuevo al umbral irreversible, yo pasaba la mano suavemente sobre su brazo derecho y de nuevo en su oído le susurraba: «Aguanta, Lourdes, aguanta...». Y el corazón se agitaba con fuerza y el nivel de nuevo aumentaba. Ignoro si me oía, si podía entender mi lenguaje, si captaba mi vibración sonora en ese oír de los que permanecemos por aquí fuera, pero lo evidente, lo innegable, lo para muchos sorprendente, es que reaccionaba.

Llegó el alba. Las primeras luces penetraron en la habitación. Eran luces como las del alba de A Cerca, luces cálidas, serenas, que confeccionaban una atmósfera limpia, clara. No tuve necesidad de hablar. Me acerqué a su oído y con un susurro compuesto con una voz inundada de tristeza, de dolor y de nostalgia, dejé caer las palabras: «Ya llegó el alba, Lourdes, ya llegó el alba». Imposible entender racionalmente lo que costó pronunciar semejante frase. Una despedida sin retorno, un jamás, un nunca, un adiós eterno en el que ni siquiera podría caber nostalgia, una renuncia obligadamente repleta de un agradecimiento de densidad casi inhumana nacido del esfuerzo por alargar la vida una noche, por esperar a golpe de latidos forzados a entregarla con las luces de una mañana clara.

En ese instante algo extraño inundó la habitación. El corazón de Lourdes se calmó. Dejó el latir agitado para caminar hacia un silencio pausado. Tan calmo, y tan silente, tan suave y sin aristas de especie alguna que entendí la esencial fragilidad de la frontera entre lo que llamamos vivir y morir.

Cuando salí del hospital con destino a mi casa, mientras conducían a otra morada el cuerpo físico de Lourdes abandonado del postulado llamado vida, miré arriba en un gesto instintivo. En efecto, la mañana era clara.

Llegué a Triana, mi casa de Madrid. Caminaba como un autómata. Entré en mi despacho. Sin propósito ni criterio. Podría haber irrumpido en cualquier otro lugar, porque no hay lugares físicos cuando el alma se inunda de un dolor absoluto, total, un dolor frío compuesto de una eterna humedad. El sonido de mi móvil me devolvió a una realidad de la que deseaba huir con todas mis fuerzas. Miré en la pequeña pantalla situada en la parte superior del aparato, allí donde aparecen los números o los nombres de las personas que nos llaman.

Era el móvil del Rey. Lo tomé casi sin fuerzas, con la indiferencia existencial propia de un alma agotada. En ese instante me daba igual rey que plebeyo, gobernante o súbdito, nada me importaba. Lo acerqué mecánicamente a mi oído izquierdo. Creo que la palabra «señor», con la que inicié la contestación a la llamada, nació endeble, casi inaudible. La voz de don Juan Carlos sonó sincera, doliente, preñada de una pena compuesta de recuerdos y afectos y hasta con algo de rebelión.

—Lo siento mucho, Mario. ¡Esto ya no! ¡Esto ya no! ¡Esto ya es demasiado!

¿Qué se puede decir en un momento así? Nada. No hay lugar ni para el recuerdo, ni para la pena, ni para el agradecimiento. No existe espacio para ningún sentimiento diferente del dolor en estado puro. No existía en ese instante ni pasado, ni presente, ni siquiera futuro, ni Rey, ni no Rey, ni yo, ni Banesto, ni Europa, ni España... Nada. Un silencio que abruma en su propia intensidad, una oscuridad interior, dioses lejanos, voces que no suenan, almas reventadas...

—Muchas gracias, señor.

No supe decir más. No era instante de sentir agradecimiento. Eran momentos de convivir como pudiera con lo insoportable compuesto de incomprensibles inevitables. Así me dije a mí mismo en los días y noches de mi experiencia carcelaria. Me tocaba afrontar la más dura de las evidencias de la convicción interna en aquellas palabras.

Y ahora, casi a punto de cumplirse los tres años de aquella mañana, leía una noticia que me apenaba. Las palabras de la medicina oficial me golpeaban. Llamé al abogado, al que me mandó el SMS. No tenía más información que la que la prensa le proporcionaba y su capacidad de reflexión, mucho más que notable de ordinario. No quise pronunciarme más que con un «ya veremos, Jesús, ya veremos». Era cuestión de esperar. A esa hora, en A Cerca, ya consumida el alba, se instalaba con fuerza la mañana.

—Don Mario, ha venido su primo don Alfredo.

La voz de Alfonso me alejó de mis ensoñaciones. Envueltos en recuerdos, el tiempo circuló quieto, con la quietud del movimiento eterno. Ni siquiera me había duchado. Así que ahora tocaba ejecutar esas tareas a toda velocidad.

—Alfonso, dile por favor a don Alfredo que me espere. Le das un café y lo que quiera. Pero dile de mi parte que intente saber algo del Rey y que piense un poco qué pasaría si algo sucediera.

Alfredo Conde, natural de Allariz, algo, pero no mucho, mayor que yo, escritor reconocido con el Premio Nadal y el Nacional de Literatura en su currículum, entre otras condecoraciones literarias, consejero de Cultura de la Xunta de Galicia con González Laxe —moderado PSOE— como presidente, con una novela como Xa vai o griffon no vento en su capítulo de creaciones, que ha sido traducida a muchos idiomas y con muchos cientos de miles, seguramente más del millón, de ejemplares vendidos. En estos días, ahora, en el tiempo de A Cerca, su mirada y su hablar son serenos, su pelo lacio sigue vivo y en su sitio, aunque inevitablemente orientado al gris el tono de fondo, y una barba blanca, extremadamente blanca y cuidadosamente cincelada, perfilando como resultado global una madurez no irritada, ni con el mero hecho de acumular años, ni con los aspectos más amargos de una experiencia, propiciados estos últimos, claro, por la estulticia de ciertos ejemplares que constituyen una especie de jauría política, aficionada a la cacería y enloquecidos con el derramamiento de sangre.

Le conocí en 1988, tal vez en 1989. Desde luego, en mis primeras andaduras en Banesto. Un día de aquellos, los periodistas gallegos decidieron darme una comida, lo que no era de extrañar porque desde siempre, nosotros, los de esas tierras que Castelao llamaba Galiza, sentimos admiración y respeto por los que son capaces de triunfar fuera de ellas. El alma del emigrante a flor de piel, sin duda. Y yo representaba un tipo de triunfador muy característico, no solo por juventud, porte y demás atributos físicos, que siempre ayudan, sino, sobre todo y por encima de todo, por encaramarme en todo lo alto del más emblemático de los grandes bancos españoles. Así que, como digo, que nadie se sorprenda de ese homenaje, y eso que los gallegos somos cortos de lisonjas, cuidadosos con el vecino y respetuosos con sus vidas privadas. Seguramente porque no queremos que entren a saco en las nuestras. Allí, en aquella mesa, en un lugar de Madrid, estaba Alfredo como conselleiro. Alguien preguntó por nuestro posible parentesco. Contesté que yo no tenía información de esa naturaleza, pero Alfredo, tomando la palabra, afirmó:

—Algo de parentesco tenemos, porque tú eres nieto de Remigio Conde, de Vilaboa.

No le concedí excesiva importancia a un aserto pronunciado con ciertas dosis de solemnidad. La familia de mi padre, la gallega, la proveniente de Vilaboa (Allariz) carecía de presencia real en nuestras vidas, así que claro que sabía quién era mi abuelo, pero como la familia no se edifica a golpe de sangre, sino, sobre todo, de convivencia, y como los antecedentes históricos me han interesado lo justo, la admonición de Alfredo, aun efectuada con cierto empaque y proviniendo de un consejero y escritor ilustre, no recibió una entusiasmada respuesta de mi parte.

Así quedó la cosa. Alfredo, con el paso del tiempo y el correr de la vida, dejó de ser consejero de la Xunta, pero no cesó en su misión de escribir. Y yo dejé el banco, por lo que el reencuentro de nuestras vidas se produjo en circunstancias bien diferentes de aquellas en las que nació. Maduras las almas, sosegados los impulsos, fermentadas las convicciones, recompuestas las ilusiones, nació una amistad sincera en la que los antecedentes genealógicos no pasan de la dimensión de lo anecdótico.

Cuando concluí la ducha y el afeitado de urgencia, que me costó un corte pequeño de esos que no consigues que dejen de sangrar ni con la Guardia Civil, me dirigí al encuentro de Alfredo. Atravesé la galería del poniente, llegué al primer descansillo, seguí descendiendo en el casi iniciático diseño de nuestra casa gallega y me encontré en el lugar en el que Alfredo solía sentarse desde que comenzamos en A Cerca una convivencia intensa de fines de semana. Rodeado de cristales por los lados norte y poniente, con una visión del patio interior, adoquinado, empedrado, cuadrado, cercado con macetas de color caldero y vegetación de tonos verdes, «recoleto», que dicen algunos, Alfredo, auxiliado de una mesa camilla a la vieja usanza, en cuyo interior vivía un brasero eléctrico, ya había conectado su ordenador y se encontraba en plena pelea con la escasa señal wifi que se captaba en ese lugar.

—¡Qué! ¿Conseguiste saber algo del Monarca? ¿Tienes mejor información que la oficial?

—No, no sé nada, porque a los que pregunto me dicen lo mismo, que tiene mala pinta pero que confían en que se arregle con la operación que le están haciendo.

—Si es un tumor, un cáncer de pulmón, tiene arreglo complicado pero posible si es en uno solo de los pulmones. En otro caso, la noticia es auténticamente mala.

—Sí, claro. Con la que está cayendo esto puede complicar mucho las cosas. Pero supongo que te habrá traído recuerdos tristes...

Me imagino que por la expresión de mi cara y por la lógica de los acontecimientos Alfredo supuso que de un modo u otro las noticias del posible tumor del Rey me habrían conducido —como así fue— a renovar pensamientos sobre la enfermedad de Lourdes.

—Sí... claro... Alfredo, sin duda..., pero en la vida hay que no pertenecer a ese grupo de personas que se sienten cómodas instaladas en el sufrimiento. Con esa actitud reclaman la compasión de los demás y se transforman en inspiradores de lástima ajena y en ese papel se sienten cómodos y felices... Mucha más gente de la que pensamos practica este vicio. Es mucho más difícil superar el dolor y seguir viviendo, pero eso es exactamente lo que tenemos que hacer.

Alfredo prefirió no contestar de modo inmediato. Dedicó unos segundos de silencio al propósito de que estos pensamientos se desvanecieran de nuestra atmósfera mental. Pero conocía mi cariño por don Juan Carlos y la pregunta se convirtió en un inevitable lógico:

—Entiendo, pero al margen de las consecuencias políticas, supongo que te dará pena, porque siempre has dicho que tienes afecto por el Rey y por su padre...

—Y es verdad, Alfredo, así es.

Contesté de modo que evidenciaba mi deseo de profundizar con cierta soledad en los pensamientos que en ese momento me embargaban. Alfredo, rápido y atento al lenguaje corporal de quienes con él comparten tertulia, fingió prisa por confeccionar, por concluir unos artículos que tenía que entregar a los medios en los que colabora, y en darle una vuelta más a su novela en ciernes de impresión. Aproveché el capote que me tendió para caminar por la galería de A Cerca. El suelo, entarimado en castaño viejo y colocado sobre gruesas vigas procedentes del mismo árbol, provocaba una sonoridad especial a cada paso. Sonoridad y vibración, porque además del ruido, el suelo gemía, como si se sintiera agudamente lastimado por el peso que sobre él se desplazaba. Me recordó la casa de mis abuelos en Covelo. Sonidos y olores son, en mi experiencia personal, los vehículos más eficientes para viajar al mundo de recuerdos de la niñez.

Ahora se trataba de descender en la memoria al almacén de mis primeras vivencias con el Rey y su padre. Al iniciar el viaje no pude evitar una sonrisa. Algunos periodistas especializados en eso que llaman periodismo de «investigación» aseguraban sin el menor rubor que mi relación con don Juan Carlos nació en los pantalanes del club náutico de Mallorca, adonde según ellos acudí para conseguir proximidad al Monarca, siendo yo presidente de Banesto. No es que presuma mucho del poder del presidente del entonces gran banco español, pero siéndolo no necesitas, ni mucho menos, andar con bermudas blancas paseando rodeado de barcos de regatas por ningún club del mundo. Basta con pedir audiencia y te será concedida, como es lógico, natural y consustancial al poder que desempeñas. Porque el Rey es el Rey, pero ser presidente de uno de los siete grandes de entonces era mucho, medido, claro, en términos de influencia y poderío social, algo perfectamente compatible con ser endeble en calidad humana.

Conocí a don Juan Carlos mucho antes, al poco de llegar a Antibióticos, allá por 1984, más o menos. Es verdad que fue con ocasión de una regata en la que participábamos ambos, aunque en clases diferentes. El Rey en regata pura. Yo en regata crucero. Son las regatas frías porque tienen lugar en las proximidades de Semana Santa, y en esas fechas en Mallorca es normal que llueva, para desespero de los que decidieron pasar vacaciones en la isla buscando sol y calor. Se van —claro— despotricando, porque se gastaron su dinero y no recibieron la compensación que esperaban. Lo curioso, que al tiempo explicaba la gregarización humana, es que, impasible el ademán, retornaban año tras año a repetir la misma ceremonia.

El armador del barco que utilizaba el Rey para esas competiciones de vela en aguas de la bahía mallorquina de Palma, un industrial catalán apellidado Cusí, dueño de unos laboratorios farmacéuticos famosos por sus productos oftálmicos, me vino a decir que su majestad quería conocerme. Allí mismo, a unos pocos metros de distancia, situado junto a la barra del viejo club náutico mallorquín, se encontraba don Juan Carlos. Me acerqué aparentando tranquilidad lo mejor que pude. Me saludó con su simpatía habitual. Supongo que me conocería de algo, y ese algo debía de ser Juan Abelló, con quien el Rey compartía aficiones cinegéticas, y como Juan y yo entonces éramos ya amigos y socios, pues supongo que en algunos de esos saraos, después de matar algunas perdices de más, envueltos en alguna copa, comentarían jugadas financieras, porque de dinero y mujeres, por este orden, es de lo que hablan ciertas capas sociales españolas. No sé si de todo el mundo, pero desde luego es afición de vieja raigambre hispana.