los reyes sacerdotes de gor

 

En otros tiempos Tarl Cabot fue el guerrero más poderoso de Gor, el extraño mundo de la Contratierra. Pero ahora sólo cuenta con un amigo: el gran pájaro de guerra llamado tarn.

Es pues un proscripto, todos van contra él: su casa, destruida; su familia, dispersa o asesinada.

Y los responsables son unos misteriosos seres que tiranizan a Gor: los reyes sacerdotes.

Sin embargo Tarl Cabot les hará frente.

Este tercer tomo de "Crónicas de la Contratierra" apasionará a los lectores, como ya ocurrió con los anteriores episodios: "El guerrero de Gor" y "El proscripto de Gor".

John Norman

Los Reyes Sacerdotes de Gor

Crónicas de la Contratierra 3

ePUB v1.1

RufusFire
07.02.12

Series de "Fantasía y Ciencia Ficción"

Asesor: Héctor Raúl Pessina

Título original: Priest-Kings of Gor

John Lange, 1968

Traducción de Aníbal Leal

Diseño de cubierta: Oscar Díaz

1. LA FERIA DE EN´KARA

Yo, Tarl Cabot, que antes era de la Tierra, soy un individuo conocido por los Reyes Sacerdotes de Gor.

A finales del mes de En´Kara del año 10.117, a contar desde la fundación de la ciudad de Ar, llegué al palacio de los Reyes Sacerdotes en las Montañas Sardar del planeta Gor, nuestra Contratierra.

Cuatro días antes había llegado, montado en un tarn, a la empalizada negra que rodea a las temidas Sardar, esas montañas oscuras coronadas de hielo, sagradas para los Reyes Sacerdotes, prohibidas a los hombres, a los mortales y a todas las criaturas de carne y hueso.

Desmonté y liberé al tarn, mi montura gigantesca con aspecto de halcón, porque no me podría acompañar cuando me internara en los Sardos. Una vez había intentado internarse conmigo en las montañas, pero no volvería a repetir la prueba. Lo había detenido el escudo de los Reyes Sacerdotes, que había influido sobre el ave, quizás afectando el mecanismo del oído interno, de modo que el animal no había podido controlarse y había caído al suelo, desorientado y confundido. A los montes sólo podían entrar los hombres, y nunca regresaban.

Lamenté separarme del tarn, porque era un ave excelente, inteligente, valerosa y fiel. La quería mucho, y sólo diciéndole palabras duras pude alejarla de mí, y cuando desapareció a lo lejos sentí deseos de llorar.

No estaba apartado de la feria de En´Kara, una de las cuatro grandes ferias que se celebraba a la sombra de los Sardos durante el año goreano; y poco después caminaba con paso lento por la larga avenida central entre las tiendas, los puestos, los pabellones y los depósitos, en dirección a la alta puerta de madera, formada por leños oscuros, más allá de los cuales se elevan las propias Montañas Sardar, el santuario de los dioses de este mundo, conocidos como los Reyes Sacerdotes por los mortales, los hombres que viven al pie de la montaña.

Pensé detenerme brevemente en la feria, porque tenía que comprar alimentos para el viaje hacia el interior de las Montañas Sardar, y debía entregar un bolso de cuero a cierto miembro de la Casta de los Escribas; era un bolso que contenía una reseña de lo que había ocurrido durante los últimos meses en la ciudad de Tharna, un breve relato de los hechos que a mi juicio debían quedar registrados.

Hubiera deseado disponer de más tiempo para visitar la feria y examinar sus mercancías, beber en sus tabernas y conversar con los comerciantes, pues esas ferias son el lugar de cita donde se encuentran los habitantes de muchas ciudades goreanas hostiles, y constituyen casi la única oportunidad para que los ciudadanos de distintos lugares se reúnan pacíficamente.

Por eso las ciudades de Gor apoyan las ferias. A veces son el terreno donde pueden resolverse amistosamente disputas territoriales y comerciales, y donde los plenipotenciarios de las ciudades en guerra se encuentran, aparentemente, por casualidad.

Además, los miembros de castas, como la de los Médicos y los Constructores, usan la feria para difundir información y técnicas entre los hermanos de sus propias castas; así se establece en sus códigos, pese al hecho de que a veces las respectivas ciudades son mutuamente hostiles.

Mi pequeño amigo, Torm de Ko-ro-ba, de la Casta de los Escribas, había estado en las ferias cuatro veces en su vida. Según dijo, en su tiempo había refutado a setecientos ocho escribas de cincuenta y siete ciudades, pero yo no doy fe de la exactitud de su versión, y a veces sospecho que Torm, como la mayoría de los miembros de su casta, y de la mía, tiende a mostrarse un poco exagerado en el relato de sus propias victorias.

Por otra parte, cuando hay diferencias entre los miembros de mi propia casta, la de los Guerreros, es más fácil decir quién venció, pues el derrotado a menudo queda herido muerto, a los pies del vencedor. En cambio, en las disputas entre Escribas la sangre derramada es invisible y los enemigos del valiente se retiran en buen orden, vilipendiando a sus enemigos y reagrupando fuerzas para la campaña del día siguiente.

Extrañé a Torm y me pregunté si volvería a verlo jamás revisando los escritos polvorientos de otros autores, derribando el tintero de su escritorio con el movimiento altanero de su túnica azul, y denunciando en términos exaltados a otro escriba que afirmara haber descubierto una idea que ya estaba anotada en antiguos manuscritos, por supuesto conocidos por Torm, pero no por el infortunado escriba en cuestión, o cobijándose con su capa para combatir el frío, y acercando los pies al brasero de carbón que invariablemente estaba encendido bajo su mesa.

Imaginé que Torm podría estar aquí o allá, pues los nativos de Ko-ro-ba habían sido dispersados por los Reyes Sacerdotes. No pensaba buscarle en la feria, y si le encontraba tampoco haría notar mi presencia, pues según la voluntad de los Reyes Sacerdotes los hombres de Ko-ro-ba no podían estar reunidos, y no deseaba poner en riesgo la seguridad del pequeño escriba; Gor se beneficiaba con las extrañas excentricidades de Torm. La Contratierra nunca sería la misma sin la presencia del belicoso y exasperado Torm. Sonreí para mí. Sabía que si llegaba a encontrarlo vendría inmediatamente e insistiría en que le llevase a las Montañas Sardar, pese a que sabía que eso equivalía a su propia muerte: y, yo me vería obligado a levantarlo en vilo, meterlo de cabeza en un barril lleno de agua y escapar. Quizás sería más seguro arrojarle a un pozo. Torm ya había emergido de un pozo varias veces en su vida, y quien le conociera no se extrañaría al verle salir airoso del fondo de uno.

A propósito: las ferias están regidas por el Derecho de los Mercaderes, y se sostienen con los alquileres de las tiendas y los impuestos que se cobran por el tráfico comercial. Las instalaciones comerciales son las mejores que existen en Gor —si se exceptúa la Calle de las Monedas de Ar—. Aquí se aceptan cartas de crédito y se otorgan créditos también, aunque a menudo con usura. Sin embargo, quizá todo esto no sea tan asombroso, pues dentro de sus propios límites, las ciudades goreanas aplican la Ley de los Mercaderes cuando es conveniente, e incluso aunque ello perjudique a sus propios ciudadanos. Por supuesto, si no lo hicieran las ferias quedarían cerradas para los ciudadanos de dicha ciudad.

Las pruebas que he mencionado y que se celebran en las ferias son desde luego pacíficas, o por lo menos no implican el uso de armas. Más aún: se considera un delito contra los Reyes Sacerdotes manchar con sangre las armas en las ferias.

Los enfrentamientos con armas, en encuentros a muerte, si bien no ocurren en las ferias no son desconocidos en Gor, y son populares en algunas ciudades. Las luchas de este tipo, que con frecuencia comprometen a criminales y a soldados de fortuna empobrecidos, permiten ganar amnistía o premios en oro, y generalmente son patrocinadas por hombres adinerados para conquistar la aprobación del populacho de sus respectivas ciudades. A veces, estos hombres son comerciantes que de ese modo desean prestigiar sus propios productos; otras, los patrocinadores practican el derecho, y abrigan la esperanza de ganar los votos del jurado; y otras, por último, son Ubares o Altos Iniciados que consideran conveniente alegrar a la multitud. Estos encuentros, en los cuales se sacrifican vidas, solían ser populares en Ar, y allí los patrocinaba la Casta de los Iniciados, cuyos miembros se consideran intermediarios entre los Reyes Sacerdotes y los hombres, aunque creo que en general saben de los Reyes Sacerdotes tan poco como los restantes hombres. Estas disputas fueron prohibidas en Ar cuando Kazrak de Puerto Kar llegó a ser Administrador de esa ciudad. Su actitud no le mereció el aprecio de la poderosa Casta de los Iniciados.

Pero me complace agregar que los concursos y las ferias no proponen nada más peligroso que la lucha libre, que no implica riesgo de muerte. La mayoría de las competiciones tienen que ver con las carreras pedestres, las competiciones de fuerza y la habilidad en el manejo del arco y de la lanza. En otros concursos se enfrentan coros, poetas e instrumentistas de diferentes ciudades. Tuve un amigo, Andreas, de la ciudad desértica de Tor, miembro de la Casta de los Poetas, que cierta vez cantó en la feria y conquistó un gorro lleno de oro. Y quizá sea innecesario agregar que en las calles de las ferias hay muchos juglares, titiriteros, músicos y acróbatas, que, lejos de los teatros, compiten al modo antiguo por los discotarns de cobre que les arroja la multitud agitada y turbulenta.

En las ferias se venden muchos objetos, y he visto tejidos y vinos, lana cruda, sedas y brocados, objetos de cobre y vajilla, alfombras y tapices, maderas y pieles, cueros, azahar, armas y flechas, monturas y arneses, anillos, brazaletes y collares, cintos y sandalias, lámparas y aceite, medicinas y carnes y granos, y animales como los fieros tarns, las monturas aladas de Gor, y tharlariones, los lagartos domesticados, y largas hileras de miserables esclavos, masculinos y femeninos.

Aunque en la feria esté prohibido esclavizar a nadie, dentro de sus límites se pueden comprar y vender esclavos, y los esclavistas ganan mucho. La razón es no sólo que allí hay un mercado excelente para toda clase de artículos, pues van y vienen hombres de diferentes ciudades, sino que se espera que cada goreano, hombre o mujer, por lo menos una vez en su vida, antes de cumplir los veinticinco años vea las Montañas Sardar, en honor de los Reyes Sacerdotes. Por eso mismo, los piratas y los proscriptos que acechan en los caminos emboscan y atacan a las caravanas que se dirigen a la feria, y si tienen éxito a menudo ven recompensados sus malignos esfuerzos no sólo con metales y ropas.

Esta peregrinación a los Sardos, promovida por los Reyes Sacerdotes de acuerdo con la Casta de los Iniciados, sin duda representa su papel en la distribución de la belleza entre las ciudades hostiles de Gor. Los varones de la caravana a menudo mueren o huyen; en cambio las mujeres se convierten en esclavas y tienen que seguir a pie hasta la feria, o si los tharlariones de la caravana resultan muertos o huyeron, tienen que transportar sobre los hombros además, los artículos secuestrados. Un efecto práctico de los edictos de los Reyes Sacerdotes es que una joven goreana por lo menos una vez en su vida deba abandonar los muros de su ciudad y correr el riesgo muy grave de convertirse en esclava, o en posesión de un pirata o de un proscripto.

Las expediciones que salen de las ciudades están muy bien defendidas, pero también los piratas y los proscriptos pueden agrupar elevado número de hombres; y a veces, lo que es incluso más peligroso, los guerreros de la ciudad atacan la caravana de otra. Digamos, de paso, que ésta es una de las causas más frecuentes de guerra entre dichas ciudades. El hecho de que los guerreros de una ciudad usen a veces los distintivos de ciudades hostiles a la suya propia, viene a provocar una situación que agrava las disputas internas que afligen a las ciudades goreanas.

Concebí estos pensamientos mientras veía a algunos hombres de Puerto Kar, una ciudad costera y salvaje del Golfo de Tamber, que estaban exhibiendo a una serie de veinte jóvenes recién capturadas. La mayoría eran mujeres muy bellas. Venían de la ciudad isleña de Cos y sin duda habían sido capturadas en el mar, después de incendiar y hundir el barco en que viajaban. Las jóvenes estaban encadenadas entre sí, las muñecas aseguradas a la espalda con brazaletes para esclavos, y arrodilladas en la postura característica de las esclavas de placer. Cuando un posible comprador se detenía frente a una de ellas, uno de los bandidos barbudos de Puerto Kar la tocaba con el látigo y la obligaba a alzar la cabeza, y a repetir la frase ritual de la esclava inspeccionada:

—Cómprame, Amo—.

Habían pensado ir a las Montañas Sardar como mujeres libres, para cumplir sus obligaciones con los Reyes Sacerdotes. Salían de allí como esclavas. Me aparté del espectáculo.

Mi problema tenía que ver con los Reyes Sacerdotes de Gor.

En efecto, había llegado a los Sardos para encontrar a los fabulosos Reyes Sacerdotes, cuyo poder incomparable influía de un modo tan complejo en el destino de las ciudades y los hombres de la Contratierra.

Se dice que los Reyes Sacerdotes saben todo lo que ocurre en su mundo, y que les basta alzar la mano para convocar a todas las potencias del universo; por mi parte había conocido el poder de los Reyes Sacerdotes, y sabía que dichos seres existían. Yo mismo había viajado en una nave de los Reyes Sacerdotes que dos veces me había llevado a ese mundo; había visto su poder, que ejercido de un modo tan sutil alteraba los movimientos de la aguja de una brújula, y tan brutal que destruía una ciudad sin dejar detrás ni siquiera las piedras que antes habían sido la morada de los hombres.

Se dice que ni las complicaciones físicas del cosmos ni los sentimientos de los seres humanos están fuera del alcance de su poder, que las sensaciones de los hombres y los movimientos de los átomos y las estrellas son una sola cosa para ellos, que pueden controlar hasta la misma fuerza de la gravedad y desviar los corazones de los seres humanos; pero pongo en duda esta última afirmación, pues cierta vez, en un camino que llevaba a Ko-ro-ba, mi ciudad, conocí a uno que había sido mensajero de los Reyes Sacerdotes, que había sabido desobedecerles, y de cuyo cráneo quemado y herido había retirado un puñado de alambres de oro.

Los Reyes Sacerdotes lo habían destruido con el mismo gesto trivial con que hubieran podido desechar una sandalia. Le destruyeron con una brutalidad grotesca, inmediatamente, pero yo me decía a mí mismo que lo importante era que él hubiera desobedecido, que podía desobedecer, que había elegido la muerte ignominiosa que, bien lo sabía, tendría a consecuencia de su desobediencia. Había elegido su libertad, pese a que, como decían los goreanos, esa virtud le había llevado a las Ciudades del Polvo, donde creo que ni siquiera los Reyes Sacerdotes deseaban ir. En su condición de hombre había alzado el puño contra el poder de los Reyes Sacerdotes, y por eso había muerto, en una muerte desafiante y horrible, pero de excelsa nobleza.

Pertenezco a la Casta de los Guerreros, y nuestro código afirma que la única muerte apropiada para un hombre es la que recibe en el curso de una batalla; pero yo no puedo creer que eso sea cierto, pues el hombre a quien vi una vez en el camino a Ko-ro-ba, murió bien, y me enseñó que no toda la sabiduría y la verdad están en mis propios códigos.

Mi asunto con los Reyes Sacerdotes es sencillo, como lo son la mayoría de los temas de honor y de sangre. Por una razón que desconozco, destruyeron mi ciudad, Ko-ro-ba, y dispersaron a mi pueblo. No he podido saber el destino de mi padre, mis amigos, mis compañeros guerreros, y mi amada Talena —la que era hija de Marlenus, que había sido otrora Ubar de Ar—, mi dulce, mi fiel y salvaje, mi gentil y bello amor, la que es mi Compañera Libre, mi Talena, por siempre la Ubara de mi corazón, la que arde eternamente en la tierna y solitaria oscuridad de mis sueños. Sí, tengo asuntos que tratar con los Reyes Sacerdotes de Gor.

2. EN LOS SARDOS

Contemplé la larga y ancha avenida, que al final mostraba la enorme puerta de madera, más allá de la cual se elevaban los peñascos negros de las inhóspitas Montañas Sardar.

No me llevó mucho tiempo el comprar algunas provisiones para mi viaje, ni me fue difícil encontrar un escriba que anotase la historia de los hechos de Tharna. No le pregunté su nombre ni él quiso saber el mío. Conocía su casta, y él la mía, y con eso bastaba. No podía leer el manuscrito porque estaba escrito en inglés, un idioma tan extraño para él como el goreano lo sería para la mayoría de la gente, pero aun así sin duda conservaría el manuscrito como una posesión muy apreciada, porque ésa es la actitud que siempre adoptan los escribas con las cosas escritas; y si él no podía leer el manuscrito, ¿qué importaba? Tal vez algún día alguien lo leería, y entonces las palabras que durante tanto tiempo habían conservado su secreto revelarían al fin el misterio de la comunicación, y lo que había sido escrito sería oído y comprendido.

Finalmente, me acerqué a la alta puerta de leños negros, unidos por anchas fajas de bronce. Detrás se extendía la feria, y delante los Sardos. Mis ropas y mi escudo no tenían insignias, pues mi ciudad había sido destruida.

Tenía puesto el casco. Nadie sabía quién era el que entraba en los Sardos.

En la puerta me recibió un miembro de la Casta de los Iniciados, un hombre de expresión agria y labios finos, los ojos muy hundidos, ataviado con la túnica blanca de su casta.

—¿Deseas hablar a los Reyes Sacerdotes? —preguntó.

—Sí —dije.

—¿Sabes lo que haces? —preguntó.

—Sí —contesté.

El Iniciado y yo nos miramos a los ojos, y después se apartó a un lado, como seguramente había hecho muchas veces. Por supuesto, no era el primero que entraba en los Sardos. Muchos hombres y algunas mujeres se habían internado en esas montañas, pero nadie sabe qué hallaron. A veces, estos individuos son jóvenes idealistas, rebeldes y defensores de causas perdidas, que desean protestar ante los Reyes Sacerdotes; otras, individuos viejos o enfermos, cansados de la vida y deseosos de morir; o seres lamentables, o astutos, o temerosos, que creen encontrar el secreto de la inmortalidad en esos peñascos áridos; y también, proscriptos que huyen de la dura justicia de Gor, y esperan hallar, por lo menos, un breve santuario en el dominio cruel y misterioso de los Reyes Sacerdotes, porque tienen la certeza de que ningún magistrado mortal y ninguna banda de guerreros humanos puede entrar allí. Imaginé que el Iniciado creía que yo era miembro de este último grupo, porque mi atuendo no mostraba insignias.

Se apartó de mí y se acercó a un pequeño pedestal. Sobre el pedestal había un vaso de plata, lleno de agua, una redoma de aceite y una toalla. Hundió los dedos en el vaso, vertió un poco de aceite en las manos, hundió de nuevo los dedos y luego se secó las manos.

A cada lado de la enorme puerta había una gran viga y una cadena, y un grupo de esclavos estaba atado a cada cabria.

El Iniciado plegó cuidadosamente la toalla y volvió a depositarla sobre el pedestal.

—Que se abra la puerta —dijo.

Los esclavos aplicaron obedientemente su peso contra los rayos de madera de las dos vigas. Los pies desnudos resbalaron en la tierra, y los cuerpos se inclinaron doloridos, aferrando desesperadamente los rayos de madera. Los ojos ciegos miraron el vacío. Por último, se oyó un crujido sordo, y el gran portal comenzó a abrirse, luego la abertura tuvo el tamaño de un hombro y después el ancho del cuerpo de un hombre.

—Es suficiente —dije.

Entré sin pérdida de tiempo.

Apenas pasé oí el tañido quejumbroso de la enorme barra de metal hueco que se alza a cierta distancia de la puerta. Lo había oído antes, y sabía que significaba que otro mortal había entrado en los Sardos. Era un sonido oprimente, y más en este caso para mí pues era yo quien entraba en las montañas. Mientras lo oía, se me ocurrió que el propósito del anuncio era no sólo informar a los hombres de la feria que alguien había entrado en los Sardos sino también informar a los Reyes Sacerdotes.

Miré hacia atrás, a tiempo para ver cómo se cerraba detrás de mí la gran puerta, sin hacer el menor ruido.

El viaje hasta el palacio de los Reyes Sacerdotes no fue tan difícil como había previsto. En ciertos lugares había senderos expeditos, y en otros, incluso, se habían esculpido peldaños en los costados de las montañas.

Aquí y allá el camino estaba sembrado de huesos humanos. No sabía si eran los restos de hombres que habían muerto de hambre o de frío en las desiertas Sardar, o si habían sido destruidos por los Reyes Sacerdotes. A veces encontraba un mensaje grabado sobre la superficie de las rocas. Algunos eran obscenos, y maldecían a los Reyes Sacerdotes; otros eran dignos de elogio; algunos parecían bastante animosos, aunque fuera con un dejo pesimista. Recuerdo uno que decía: “Come, bebe y sé feliz. El resto nada importa.” Otros eran bastante sencillos, y a veces decían: “No tengo alimentos, y hace frío.” “Tengo miedo.” Otro anunciaba: “Las montañas están desiertas. Rena, te amo.” Me pregunté quién lo habría escrito, y cuándo. La inscripción estaba muy gastada. Había sido garabateada en la vieja escritura goreana. Tal vez se había desgastado a lo largo de más de mil años, pero así sabía que las montañas no estaban desiertas, pues tenía pruebas de la existencia de los Reyes Sacerdotes. Continué mi viaje.

No encontré animales, ni cosas vivas, nada, salvo las rocas negras e interminables, los riscos oscuros, el sendero abierto ante mí estaba tallado en la piedra negra. Poco a poco, el aire se hizo más frío y comenzó a nevar. Me envolví mejor en mi capa, y usando mi lanza como cayado, continué el ascenso.

Después de cuatro días de viaje por las montañas oí por primera vez el sonido de algo que no era el viento. Era la voz de un ser vivo: un larl de la montaña. El larl es un animal de presa, con garras y colmillos, y a veces alcanza una longitud de dos metros. Creo que sería justo decir que en esencia es un felino. En todo caso, su elegancia y sus movimientos sinuosos me recuerdan a los gatos salvajes de mi mundo, más pequeños pero igualmente temibles.

Imagino que la semejanza responde a la mecánica de la evolución convergente, pues ambas especies están dominadas por las exigencias de la caza: las de aproximarse subrepticiamente y de atacar de un modo súbito; es decir, por las necesidades de dar muerte rápidamente a la presa. Si el animal de caza tiene lo que llamaríamos una configuración óptima, creo que en mi viejo mundo la palma se la lleva el tigre de Bengala; pero en Gor, el primer puesto corresponde sin duda al larl de la montaña; y no puedo dejar de pensar que las semejanzas estructurales entre los dos animales, pese a que pertenecen a mundos diferentes, no son mera casualidad.

La cabeza del larl es ancha, y a veces tiene un diámetro de más de setenta centímetros; tiene la forma aproximada de un triángulo, de modo que su cráneo se parece un poco al de una serpiente, salvo que está revestido de piel, y las pupilas de los ojos se parecen a las del gato.

El pelaje del larl normalmente es de un rojo bronceado, o un negro claro. El larl negro, de hábitos principalmente nocturnos, tiene melena tanto en el macho como en la hembra. El larl rojo, que caza cuando tiene hambre, sin importarle la hora, y que es la variedad más común, no tiene melena. Las hembras de ambas especies generalmente tienden a ser un poco más pequeñas que los machos, pero son igualmente agresivas y a menudo incluso más peligrosas, sobre todo a fines del otoño y en invierno, cuando probablemente cazan para sus cachorros. Cierta vez di muerte a un larl rojo macho en la Cordillera Voltai, a poca distancia de la ciudad de Ar.

Cuando oí el gruñido de la bestia, abrí la capa, alcé el escudo y preparé la lanza. Me extrañó hallar un larl en los Sardos. ¿Cómo podía haber entrado en las montañas? ¿Habría nacido allí? Pero, ¿de qué vivía entre esos peñascos áridos? Quizá atacaba a los hombres que entraban en las montañas; pero los huesos de las presuntas víctimas, dispersos y helados, no estaban astillados, y no mostraban indicios de haber sufrido el ataque de las poderosas mandíbulas del larl. Comprendí entonces que el animal cuyos gruñidos había oído debía ser un larl de los Reyes Sacerdotes, pues ningún animal u hombre entra y sobrevive en los Sardos sin el consentimiento de éstos, y si obtenía alimento debía ser por concesión de los mismos o de sus servidores.

A pesar del odio que los Reyes Sacerdotes me inspiraban no podía dejar de admirarlos. Ninguno de los hombres que vivía fuera de las montañas, es decir de los mortales, había logrado jamás domesticar a un larl. Incluso los que eran criados desde cachorros, al llegar a la edad adulta atacaban a sus amos y huían a las montañas donde habían nacido. Adelanté la lanza, preparada para el ataque y dispuse el escudo de modo que protegiese mi cuerpo de las garras mortales de la temible bestia. Tendría que defender mi vida con mis propias manos, y me alegraba de que así fuera. No había otro camino.

Sonreí para mis adentros. Era la Primera Lanza, porque ya no quedaban otras.

En la Cordillera Voltai las bandas de cazadores, generalmente originarias de Ar, persiguen al larl con la poderosa lanza goreana. Naturalmente lo hacen puestos en fila india, y el que va delante recibe el título de Primera Lanza, porque la suya será la primera arrojada al enemigo. Apenas dispara el arma, se echa al suelo y se cubre el cuerpo con el escudo, y lo mismo va haciendo, sucesivamente, cada uno de los hombres que está detrás. De ese modo, cada individuo cumple su parte en la lucha contra la bestia, y también obtiene cierta protección una vez que se desprendió del arma.

Pero la razón más importante del sistema se percibe claramente cuando se comprende cuál es el papel del último guerrero de la fila, aquél a quien se denomina Última Lanza. Cuando el Última Lanza arroja su arma no se echa al suelo. Si lo hiciera y alguno de sus compañeros sobreviviese, éste lo mataría. Pero eso ocurre rara vez, porque los cazadores goreanos temen a la cobardía más que a las garras y a los colmillos de los larls.

El Última Lanza debe permanecer de pie, y si la bestia vive todavía, soportará su ataque sólo con la espada. No se arroja al suelo porque es necesario que ocupe el campo de visión del larl, y que sea el blanco de su reacción enloquecida. De ese modo, si las lanzas yerran el blanco, el guerrero sacrifica su vida por los compañeros, pues mientras el larl ataca consiguen huir. Este sistema puede parecer cruel, pero a la larga tiende a preservar vidas humanas; como dice un goreano, es mejor que muera un hombre y no que perezcan muchos.

El más diestro de los guerreros, normalmente, es el Primera Lanza, pues si el larl no muere o no sufre heridas después del primer lanzazo, la vida de todos, y no sólo la del Última Lanza, corre considerable peligro. De ahí que el Última Lanza sea normalmente el menos eficaz de los guerreros. No sé si esta práctica obedece al hecho de que la tradición cazadora de los goreanos favorece a los débiles, y los protege con las lanzas de los más fuertes; o si se trata de que la costumbre menosprecia a los débiles, y los considera elementos más prescindibles. El origen de esta práctica cazadora se pierde en la antigüedad, y quizá sea tan vieja como los hombres, las armas y los larls.

Cierta vez pregunté a un cazador goreano, a quien conocí en Ar, por qué cazaban al larl. Jamás olvidaré su respuesta:

—Porque es hermoso —dijo—, y peligroso, y porque somos goreanos.

Aún no había visto a la bestia cuyos gruñidos habían llegado a mis oídos. El sendero que yo seguía, pocos metros más adelante formaba un recodo. Tenía aproximadamente un metro de ancho, y bordeaba el costado de un peñasco; a la izquierda, se abría un precipicio a pico. La caída hasta el suelo era por lo menos de un pasang entero. Recordé que los peñascos del fondo eran enormes, pero desde la altura en que entonces me encontraba eran granos de arena oscura. Hubiera deseado que el peñasco estuviera a la izquierda y no a la derecha, porque de ese modo hubiera podido usar mejor la lanza.

El sendero era empinado, pero aquí y allá había peldaños; nunca me agradó tener un enemigo encima de mí, y tampoco lo deseaba, ahora; pero me dije que mi lanza encontraría más fácilmente un lugar vulnerable si el larl saltaba hacia abajo, que si yo estaba arriba y mi único blanco era la base de su cuello. Desde arriba, hubiera intentado cortarle las vértebras. El cráneo del larl es un blanco difícil, pues mantiene la cabeza casi constantemente en movimiento. Más aún, posee un reborde óseo que se extiende desde las cuatro aberturas nasales hasta el comienzo del hueso posterior. Este reborde puede ser penetrado por la lanza, pero si el tiro no es perfecto, el arma se desvía a través de la mejilla del animal, infligiéndole una herida cruel pero sin importancia. En cambio, si estuviera bajo el larl podría dirigir un tiro breve y limpio al gran corazón de ocho ventrículos que tiene en el centro del pecho.

Durante un instante me sentí profundamente preocupado, porque oí otro gruñido, originado por una segunda bestia.

Tenía una sola lanza.

Podría matar a un larl, pero después quedaría seguramente a merced de las mandíbulas de su compañero.

No sé por qué, pero lo cierto es que no temía a la muerte; sólo me irritaba que esas bestias me impidiesen llegar a la cita con los Reyes Sacerdotes de Gor.

Me pregunté cuántos hombres habrían girado en redondo al llegar a este punto, y recordé los innumerables huesos blancos y helados que había visto durante el trayecto. Pensé que podía retirarme y volver una vez que las bestias se hubiesen ido, pues quizás aún no me habían descubierto. Sonreí cuando comprendí que estaba pensando absurdos; en efecto, las bestias que me cerraban el paso debían ser los larls de los Reyes Sacerdotes, los guardianes del baluarte de los dioses de Gor.

Aflojé la espada en su vaina y continué subiendo. Finalmente llegué al recodo del sendero y me preparé para el ataque súbito que debía iniciarse con un fuerte grito que asustase a las bestias; al mismo tiempo que arrojaba mi lanza contra el larl que estaba más próximo, y atacaba al segundo con la espada desenvainada.

Vacilé un momento, y después brotó de mis labios el fiero grito de guerra de Ko-ro-ba, en el aire límpido y frío de las Montañas Sardar. Me lancé hacia adelante; la lanza junto al cuerpo y el escudo en alto.

3. PARP

Se oyó un súbito movimiento de cadenas, y vi a dos enormes larls blancos, paralizados momentáneamente por mi aparición; y después de una fracción de segundo, las dos bestias se volvieron contra mí y se lanzaron hacia adelante, encolerizadas, hasta donde se lo permitía la longitud de las cadenas.

La lanza no había salido de mi mano.

Los dos animales estaban retenidos por las poderosas cadenas, unidas a collares de acero. Uno pegó un respingo, tan violento había sido su impulso; y el otro manoteó salvajemente, apoyado en las patas traseras, como un gigantesco corcel; las enormes garras batían el aire, y el animal trataba de desprenderse del collar para arrojarse sobre mí.

Después, siempre con las cadenas en tensión, se acurrucaron, gruñendo, mirándome furiosos, y dando un manotazo de vez en cuando en un último intento de alcanzarme con sus garras.

Me sentí profundamente asombrado, pero puse buen cuidado en mantenerme fuera del alcance de las dos bestias, pues jamás había visto antes larls blancos.

Eran bestias gigantescas, ejemplares soberbios, de una longitud de dos metros y medio, aproximadamente.

Los caninos superiores, como dagas engastadas en las mandíbulas, debían tener por lo menos treinta centímetros de longitud, y sobrepasaban holgadamente las quijadas, más o menos como en los antiguos tigres de dientes de sable. Las cuatro fosas nasales de cada animal se agitaban nerviosas, y los pechos ascendían y descendían a causa de la intensidad de su excitación. Las colas, largas y con un mechón de pelo más abundante en el extremo, se movían nerviosamente.

El más grande de los dos animales, inexplicablemente, pareció desinteresarse de mí. Se incorporó y olió el aire, y me mostró el costado, y pareció dispuesto a renunciar a sus intenciones de atacarme. Un instante después comprendí lo que ocurría, porque de pronto se volvió del todo, y con la cabeza orientada en dirección opuesta echó hacia mí sus patas traseras. Alcé el escudo horrorizado, porque al invertir la posición de la cadena de pronto había agregado unos siete metros al espacio que el odioso obstáculo le permitía. Dos grandes patas provistas de garras golpearon sobre mi escudo, y me arrojaron por el aire unos siete metros contra el risco. Rodé y conseguí alejarme un poco más, porque el golpe del larl me había puesto dentro del radio de acción de su compañero. Mi capa y mi traje estaban desgarrados en la espalda a causa del golpe de las garras del segundo larl.

Conseguí incorporarme.

—Bien hecho —dije al larl.

Apenas había conseguido salvar la vida.

Las dos bestias estaban poseídas por una irritación que empequeñecía la furia anterior, pues comprendían que no volvería a acercarme en la medida suficiente como para permitirles una repetición de la estratagema primitiva. Admiré a los larls, porque me parecieron bestias inteligentes. Sí, me dije, lo habían hecho bien.

Examiné el escudo, y vi que tenía diez anchos surcos en su superficie de cuero reforzada con bronce. Sentí la espalda húmeda a causa de la sangre que manaba de las heridas provocadas por el segundo larl. Hubiera tenido que experimentar la sensación de un líquido tibio al deslizarse, pero en realidad sentía frío. Comprendí que la espalda se me congelaba. Ahora no tenía más alternativa que la de continuar la marcha, si me era posible. Si no disponía de la pequeña y hogareña ayuda de una aguja y un hilo, era probable que me congelara. En las Montañas Sardar no había leña con la cual encender fuego.

Sí, me repetí, mirando a los larls, lo habían hecho bien, demasiado bien.

Después, oí de nuevo el movimiento de las cadenas, y vi que no estaban enganchadas a argollas sujetas a la piedra, sino que desaparecían en el interior de aberturas circulares. Las cadenas estaban siendo retiradas lentamente hacia el interior de la abertura, con evidente desagrado de las bestias.

El lugar donde me encontraba ahora era bastante más ancho que el sendero por donde antes había caminado, pues de pronto el camino había desembocado en un sector circular bastante amplio, y allí era donde había descubierto a los larls encadenados. Un lado de este sector estaba formado por el peñasco que había visto a mi derecha, y que ahora se curvaba para formar una especie de copa de piedra; el otro, a mi izquierda, en parte se asomaba al terrible abismo, pero en parte estaba cerrado por otro peñasco, que era parte de la ladera de una segunda montaña, más alta que la que yo había estado subiendo. Las aberturas circulares por donde entraban las cadenas de los larls correspondían a ambos peñascos. Cuando las cadenas fueron retiradas, los irritados larls se vieron arrastrados hacia lados diferentes. Así, se formó entre ellos una especie de corredor; pero por lo que yo podía ver, dicho corredor conducía únicamente a una impenetrable pared de piedra. Sin embargo, imaginé que ese muro al parecer inatacable debía albergar la entrada al palacio de los Reyes Sacerdotes.

Cuando las bestias sintieron el tirón de las cadenas, se acurrucaron contra la pared del risco, gruñendo, y se quedaron agazapadas. Pensé que la nívea blancura de su pelaje era realmente bella. De tanto en tanto me gruñían y movían una pata, sacando las garras; pero por lo demás las bestias no hacían esfuerzos para librarse de los fuertes collares que las inmovilizaban.

No tuve que esperar mucho, porque de pronto una sección de la pared de piedra se movió silenciosamente hacia atrás y hacia arriba, revelando un corredor excavado en la roca, de unos dos metros y medio de ancho, más o menos.

Vacilé, porque no sabía si las cadenas de los larls se aflojarían cuando estuviese entre ellos. ¿Y qué me esperaba en ese corredor oscuro y silencioso? Estaba vacilando, cuando percibí un movimiento en el interior del corredor, y un momento después apareció una figura redonda y bastante baja, ataviada de blanco.

Vi asombrado que un hombre emergía del pasaje, parpadeando a causa de la luz del sol. Vestía una túnica blanca, bastante parecida a la que usaban los Iniciados. Calzaba sandalias. Tenía las mejillas rojas y la cabeza calva. También tenía largas y peludas patillas, que daban un aire jovial a su rostro redondo. Bajo las cejas blancas, espesas, brillaban unos ojos pequeños y luminosos. Pero sobre todo me sorprendió ver que tenía una pipa pequeña y redonda, de la cual se desprendía un hilo de humo. En Gor no se conoce el tabaco, si bien hay ciertas costumbres o vicios que ocupan su lugar; sobre todo, el estímulo obtenido masticando las hojas de la planta kanda, cuyas raíces, por extraño que parezca, cuando se mueren y secan constituyen un veneno muy letal.

Examiné atentamente al caballero pequeño y redondo, enmarcado por el enorme portal de piedra. Creía imposible que pudiera ser peligroso, y que tuviera alguna relación con los temidos Reyes Sacerdotes de Gor. Me parecía un individuo de expresión muy alegre, muy franca y sincera, y un ser evidentemente complacido de verme y darme la bienvenida. Era difícil no sentirse atraído por él; llegué a la conclusión de que me agradaba, pese a que acababa de conocerlo; y que deseaba que simpatizara conmigo. Más aún, sentí que yo le gustaba, y eso me complació.

Si hubiera visto a ese hombre en mi propio mundo, si hubiera visto a ese caballero redondo y alegre con su rostro florido y su actitud animosa, habría pensado que sin duda era inglés, y de un estilo que uno rara vez encuentra en estos tiempos. En el siglo XVIII habría sido un caballero rural, propenso a bromear con el párroco y a pellizcar a las muchachas; en el siglo XIX habría tenido una vieja librería, y leído públicamente a Chaucer y Darwin, escandalizando a sus clientas y al clérigo local; en mi propio tiempo, un hombre así sólo podía ser un profesor universitario, pues en mi mundo, salvo la riqueza, quedan pocos refugios para hombres como él; uno podía imaginarle en una cátedra universitaria, gozando de la vida y fumando su pipa, buen conocedor de cerveza y de castillos. Sus ojillos me miraron, parpadeantes. Con cierto sobresalto advertí que sus pupilas eran rojas.

Cuando me excité, un gesto momentáneo de fastidio se manifestó en sus rasgos, pero un instante después había recuperado su actitud sonriente y bondadosa.

—Vamos, vamos —dijo—. Adelante, Cabot. Estábamos esperándote.

Conocía mi nombre. ¿Quién me esperaba?

Por supuesto, tenía que conocer mi nombre, y los que me esperaban debían de ser los Reyes Sacerdotes de Gor.

Dejé de pensar en sus ojos, porque en ese momento el asunto no me parecía importante. Imagino que creí que me había equivocado. No era el caso. Ahora había vuelto a retroceder hacia las sombras del corredor.

—Entrarás, ¿verdad? —preguntó.

—Sí —dije.

—Mi nombre es Parp —dijo, mientras retrocedía hacia el interior del corredor. Dio una chupada a su pipa—. Parp —repitió. De nuevo, la pipa.

Me ofreció la mano.

Yo lo miré, sin hablar.

Me pareció una actitud extraña en un Rey Sacerdote. No sé qué esperaba. Pareció percibir mi desconcierto.

—Sí —dijo el hombre— Parp

.

Se encogió de hombros

—No es un nombre muy apropiado para un Rey Sacerdote, pero por otra parte no puede decirse que yo sea un gran Rey Sacerdote.